IN EXTREMIS | O |
22 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.DE PEQUEÑO siempre quise romperme un brazo, pero no había manera. Ansiaba plantarme chulito, delante de mis compañeros de clase, con una escayola inmaculada para que todos estampasen su firma en ella. Librarme de coger apuntes y contar la más fantástica historia de cómo me había descalabrado eran otras de las ventajas de estar tullido. ¡Cómo me pesaba el estigma de ser el único chaval del colegio que con 12 años aún no había recibido alguna abolladura en el chasis! Y eso que yo ponía empeño, no crean, pero mi ángel de la guarda debió de hacer la mili con los Cuatro Fantásticos y no había manera ni de que me rompiese una uña. ¡Nada, ahí estaba yo sano, fuerte, impoluto, del paquete, con todas las piezas nuevecitas de serie...! Así que decidí hacerme un hipocondríaco vital. Al principio creí estar solo, pero con motivo de la huelga del transporte descubrí que éramos legión. Y es que este conflicto ha resucitado nuestros instintos más atávicos. El miedo a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas ya volvió a salir. Reaparece el fantasma de la hambruna, el desabastecimiento, las cartillas de racionamiento, ¡ la peste negra en forma de piquete vandálico que ya asoma sus fauces! En el fondo nos encanta sentir el cosquilleo adrenalínico de la desgracia inminente que nunca da llegado y esperamos ansiosos esa bofetada vital para la que llevamos entrenándonos tanto tiempo. ¿Cómo si no se explica el ataque de pánico que nos ha dado a todos? Hasta hubo una señora que se llevó del súper 100 yogures. Teniendo en cuenta que éstos se pasan a los 15 días, ya me la veo, amargada, teniéndose que zampar siete diarios en una loca carrera contra la caducidad. Me cuenta una amiga de la plaza que a ellos nunca les llegó a escasear ningún producto, pero la gente dejó de ir al mercado. A lo mejor pensaban que allí ya no quedaba nada que se pudiese masticar y prefirieron correr al súper, a batirse en duelo con la maruja de los cien yogures.