Los herederos de Ginger y Fred

Rosa Estévez
Rosa Estévez VILAGARCÍA

PONTEVEDRA

MARTINA MISER

Crónica | Concurso de bailes de salón en Vilagarcía Ellos vestían de negro. Ellas preferían los colores brillantes tanto para sus trajes como para sus rostros. Durante toda la tarde de ayer, bailaron pegado en el auditorio

17 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

?red Aster era un tipo feo. Bajito, flacucho y con la cabeza demasiado grande. Sin embargo, en las viejas películas en blanco y negro no había mujer hermosa que se le resistiese. Él, por preferir, prefería a Ginger Rogers, una rubia glamurosa que sabía como plantarle cara en su terreno: la pista de baile. Fred y Ginger, Ginger y Fred, son una de esas parejas creadas por el mundo de la ficción. Un icono de una época deslumbrante. Los bailarines imposibles que dejaban a más de uno con la boca abierta delante de la televisión. Ayer, el auditorio de Vilagarcía estaba lleno de pequeños Ginger y Fred: se celebraba el primer trofeo de bailes de salón del Concello de Vilagarcía. Desde las tres y media de la tarde, y hasta bien pasadas las diez de la noche, sobre el escenario no pararon de girar parejas encantadas de haberse conocido. Algunos de más edad. Otros demasiado jóvenes como para haber llegado hasta allí atraídos por las películas en blanco y negro. Todos compartían esa estética característica de los concursos de baile de salón, más cercana a la de las competiciones de gimnasia rítmica que a la de los musicales clásicos: ellas enfundadas en trajes ceñidos, de vivos colores y vuelo para los bailes clásicos. Con el pelo recogido, tirante, y el rostro muy maquillado. Ellos de negro riguroso, con una pincelada blanca en todo caso. Luego llegó la hora de la salsa, de los ritmos latinos. Y ellos siguieron de negro, condimentado con lentejuelas y lenguas de colores vivos. Ellas sin embargo, se convirtieron en cascadas de volantes, lunares, pulseras y lo que hiciese falta para subrayar cada meneo del cuerpo. Y es que en esto del baile de salón hay que saber vender bien cada paso. Un grupo de jueces, repartidos por todo el escenario, vigilaban a las parejas y apuntaban en sus hojas de notas lo que ésta había hecho bien y lo que a la de allí le había salido mal. Los bailarines parecían ajenos a todo, pero era pura ficción: lo de ayer era un concurso, y todo el mundo quería volver a casa -algunos a Portugal- con un trofeo. «Vamos a bailar muy bien», se prometía una pareja justo antes de cruzar el umbral del escenario. Se lo prometían con vehemencia, como si estuviesen haciendo un juramento para toda la vida. Luego salieron al ruedo musical y se pusieron a lo suyo mientras algunos de sus contrincantes observaban atentos desde los asientos del público, ávidos por comprobar que ninguna coreografía superaba a la suya. ¿Y el público? Entregado. Abundaban los padres orgullosos, con la cámara a punto y sabios consejos en la boca, del estilo «ten cuidado, que en aquella zona parece que se resbala mucho». Había también algún que otro abuelo, echando una cabezadita con el vals inglés. Y algunos bailarines frustrados a los que les gustaría poder parecerse, aunque sólo fuese un poquito, a Fred y Ginger.