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12 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?A xente asómase á porta e diche ''xa virei máis tarde, xa virei máis tarde''», explicaba Juan en su tienda de congelados. Frente a la puerta, en la calle del mercado de abastos, se apilaban ayer bolsas de desperdicios hasta una altura de dos metros. Eran tantas que tapaban la mitad del escaparate de una tienda de muebles, afortunadamente cerrada, pues sólo sirve de exposición. Como él eran muchos los comerciantes pontevedreses que se quejaban del daño provocado a sus negocios por la huelga en la recogida de basuras, que ayer, en su octavo día de duración, finalizó. «Cada vez que abrimos a porta éntranos o olor -contaba Juan-, e a ninguén lle gusta facer a compra vendo isto pola ventá». «Os clientes din que se lles quitan ata as ganas de almorzar, que só de pensar niso éntranlles ganas de vomitar», apuntaba Lina en el mismo local. Un poco más allá, en una pollería, explicaban que ellos tiran sus desechos en la plaza de A Pedreira: «Está de pena», afirmaban. Allí, entre los contenedores, una furgoneta había encontrado sitio para aparcar. Dura pituitaria, la de su conductor. También empezaban ayer a detectar recelos en sus clientes varios hosteleros de la zona vieja. Junto a uno de ellos, en la calle Isabel II, se amontonaban restos orgánicos y de papel hasta la mitad de la calzada. Un cartel, colocado antes de la huelga, parecía burlarse de la situación: «Por favor -rezaba-, no acumulen basura frente al portal. Son viviendas». Alguien actualizó la situación colocando, en medio de la mierda, un cartón en el que se leía: «Inusa, cabrones». Menos contundentes eran las palabras de Salvador, que regenta una sastrería en la zona. «Tengo guardado en una caja todo lo que debería haber tirado, y, aunque no huele, no me he decidido a traerlo aquí». En la misma Isabel II, unos estudiantes entraban a su piso, que desde hace unos días tiene repugnantes vistas a la montaña de inmundicias: «Vai haber unha invasión de ratas», decían, entre la broma y la preocupación.