CRÍTICA | O |
30 mar 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Con el patrocinio de Caixanova, se representó en Pontevedra He visto dos veces el Cometa Halley, obra escrita y dirigida por Ernesto Caballero, contando con una magnífica, funcional y original puesta en escena de Alejandro Andujar, con música básica de Sergei Prokofiev: Un espectáculo sobre Rafael Alberti. Cuando el teatro se hace en verso, el verso se hace poesía; la poesía se torna en sentimiento y ésta se transforma en esperanza, ilusión, recuerdo y fantasía. ¡Oh, Pontevedra de nuestros pecados!, que un viernes de cuaresma nos ofreces una gran disyuntiva: o asistir al Réquiem de Mozart, o nos vamos con la poesía. El corazón nos llama a Mozart, las piernas nos conducen a la otra vía. Pasó el Cometa Halley y comenzó la poesía y como ésta es eterna, tras contarnos muchos sucesos y vivencias, el Halley vimos otro día. He visto dos veces el Cometa Halley, porque por medio estaba la poesía. En ella nos hablaron Alberti, Machado y Miguel Hernández, García Lorca y un largo etcétera, Ernesto Caballero de nexo, para volver a Rafael Alberti, como en la obra el Cometa. En élla nos contaron parte de nuestra historia reciente, sobre una plataforma giratoria, rotaron de esperanza ideas, calor y fuente. Y transcurrió hora y media y nos pareció un soplo, soplo de vida llena de ternura, poesía, pintura y música, rauda como el paso del Cometa. Por el escenario del Auditorio, patrocinado por Caixanova, el teatro de la vida, en versión de Caballero, desfiló ante nuestros sentidos, un nuevo paso del Cometa. Tres parejas de actores fueron desgranando poesía en movimiento, sin solución de continuidad, con Rafael Alberti de eje, con sus esperanzas y penas, su mar gaditano y sus barcos, sus idas y venidas; libertad sin ira, con el trasfondo de la poesía, leitmotiv de la obra y encuadre de su vida. Así declamaron y representaron sus versos y de sus colegas de generación, seis artistas de buena factura, cuyos nombres son: Chete Lera, Maruchi León; Carles Moreu, Cristina Pons; Roberto Mori y Lidia Otón. Porque la poesía es canto, el canto es oración; los versos parten del alma, el alma es patrimonio de Dios. Volvimos a acordarnos de Mozart, al terminar la función, de su gran canto de Réquiem, testamento de su creación.