Reportaje | Homenaje a Celestino Poza Pastrana Amigos y familiares recordaron ayer la especial trayectoria profesional y humana del conocido médico pontevedrés en el centenario de su nacimiento
02 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?Yo agradezco haberle conocido, porque no era una persona vulgar». El que habla es uno de los mejores amigos que Celestino Poza Pastrana (1903-1971) tuvo en vida, el médico Jesús Díaz Bustelo. Como él, los que le recuerdan subrayan que Poza destacaba no sólo por una imagen que se salía de la norma de la España de la posguerra -con una melena y capa características- sino también por sus otras facetas al margen de la medicina, como la de artista. Precisamente, antes de morir tenía programada su primera exposición en una importante galería de Barcelona, aunque no llegó a inaugurarla. Su talante intelectual sin duda tiene mucho que ver con su estancia universitaria en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde compartió inquietudes con Lorca, Dalí o Vázquez Díez y que era, según recordó ayer Xosé Fortes, «la ventana intelectual a Europa». Allí completó sus estudios de Medicina y, a su regreso, comenzó a trabajar en el sanatorio de su padre, hasta que consiguió plaza en el Hospital Provincial. La Guerra Civil truncó, como en el caso de otros muchos compañeros, su vida profesional y personal. Su familia, republicana y agnóstica, fue uno de los principales blancos del Movimiento. Su hermano Luis, al que estaba muy unido, fue uno de los fusilados el trágico 12 de noviembre, mientras que él fue encarcelado y perdió su cátedra en el centro hospitalario. No la recuperaría hasta finales de los cincuenta. Allí le conoció Díaz Bustelo. «Cuando yo llegué, fue el primero que se acercó a mí -comenta-. Era muy amable y nos hicimos amigos. Era dinámico y tenía esa tensión interna, motivada sin duda por el trauma que le dejó la guerra a él y a su familia, que se reflejaba en una gran ternura y que te contagiaba». Humanismo Fortes Bouzán también se refirió ayer a la «dignidad» con que Poza llevó su ostracismo social. «Era agnóstico y disidente y en aquella Pontevedra no tenía posibilidades, así que se refugió en la relación con sus pacientes y en la atención a los enfermos para proyectar su humanismo». Esta es, precisamente, la faceta que más recuerdan los ciudadanos, su compromiso con los más desfavorecidos, a los que consultaba sin ningún tipo de impedimento. El día en que Poza cumpliría cien años fue el escogido por el Concello para ofrecerle un merecido homenaje, que comenzó con una ofrenda floral en el cementerio civil de San Mauro y que continuó con el descubrimiento de una placa en la calle que lleva su nombre (entre Víctor Said Armesto y Campo da Torre, en el barrio de San Roque). Un sencillo acto en el Ayuntamiento, donde intervinieron familiares y amigos, sirvió para que el nieto de Poza, el concejal coruñés Celestino Poza Domínguez, advirtiese que «sin rencor, ni olvidamos ni olvidaremos, y tampoco renunciamos a pedir cuentas» sobre una etapa negra de la historia. «Somos ateos y republicanos. Mi agradecimiento especial a mi padre -añadió-, por habernos transmitido estos valores. Supo regalárnoslos como un tesoro».