La Feira Franca volverá a trasformar Pontevedra en una villa medieval. Faltan todavía dos semanas, pero quinientas personas han reservado ya su disfraz
24 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.De vuelta al medievo Los días 6 y 7 de septiembre, el que salga por el centro histórico con camiseta y vaqueros se expone a llamar un poco la atención, porque durante cuarenta y ocho horas, Pontevedra viajará al pasado, a un tiempo de leyendas, juglares, nobles y artesanos. No es cosa de conjuros o encantamientos: la artífice del milagro es la Feira Franca. Otro carnaval En la tienda de disfraces más antigua de Pontevedra, los trajes carnavalescos de spiderman, de vaca loca o de Bin Laden han sido sustituidos por los atuendos de conde, duquesa, templario, mesonero o bufón. El año pasado se agotaron los disfraces para la Feira Franca. Este año han traído aún más; quinientos pontevedreses ya han reservado su traje, pero quedan todavía más de doscientos sin alquilar. Los precios oscilan entre los veinte y los treinta euros, dependiendo del estamento al que uno quiera pertenecer. Los más caros son los de conde, condesa, templario o caballero de la orden de San Juan y los más baratos son los de mesero, judío, moro, mendigo o bufón. La elección no sólo depende del estatus; muchas personas sacrifican la apariencia en favor de la comodidad. Sonia Orge, una de las dependientas de la tienda de disfraces. afirma que «la gente que tiene que trabajar en la feira elige trajes más sencillos, como los de mesonero o judío. Una cosa a tener en cuenta -añade- es el calor. Los trajes de cortesana y de caballero son muy bonitos, pero te puedes asar con ellos». Moda medieval A veces, la elección viene marcada simplemente por la vergüenza. «La gente mayor -continúa Sonia- y especialmente los señores, son los más vergonzosos. Tienen miedo de hacer el ridículo y suelen ponerse el traje en el probador, para que nadie les vea, y asegurarse de que le queda bien la falda o los leotardos». Existen muchos modelos para elegir. Todos los trajes han sido confeccionados por la propia tienda y no hay ningún disfraz igual, salvo los uniformes de templario o de caballero de la Orden de San Juan. Lo que en principio podría tratarse de una ventaja, puede convertirse en un inconveniente, según la joven empleada. «Los clientes pasan mucho tiempo mirando disfraces. Les cuesta mucho decidirse y a menudo piden el mismo vestido que se está probando otra señora. El año pasado, cuando ya estaban casi todos los trajes alquilados, hubo hasta peleas», recuerda. En aquellos tiempos, la gente también vivía sujeta a las modas. Si uno quiere ir de moderno, puede elegir los trajes más sueltos del siglo XV, casi renacentistas. Pero como lo retro también se lleva, uno puede quedar muy bien poniéndose cualquier trapito del siglo X.