Algunos pontevedreses de lengua afilada han empezado a llamar a la calle Blanco Amor «la calle de las tapas». Y no por la gran densidad de bares y terrazas que hay en sus aceras, puesto que no hay ni la primera, sino porque en escasos 700 metros el vial reúne la nada despreciable cantidad de 223 registros de alcantarillado, cable, gas natural y telefonía, 160 de ellos en la calzada. Comoquiera que muchas de las tapas están ya flojas, conducir por esta rúa se parece cada vez más a atravesar un campo minado o a un concierto de música contemporánea. Blanco Amor es un auténtico museo del minifundismo de alcantarilla. El número de tapas de registro ha ido creciendo a medida que por la calle iban pasando sucesivas oleadas de obras, hasta alcanzar el número aproximado de 223 orificios, contados entre el paso de cebra que hay frente a la panadería Campolongo, junto a la glorieda de Paco Leis, y el cruce de acceso a Carrefour. Eso era ayer por la tarde, porque nunca se sabe a qué ritmo se puede reproducir tal plaga metálica. Conducir hasta Carrefour es ir escuchando una sinfonía abstracta que ya quisiera haber compuesto Ligeti: es imposible esquivar las cubiertas metálicas, y, como algunas están ya fuera de sitio por el paso del tráfico, resuentan, chocan con el asfalto y montan un espectáculo percusivo con el que se desayunan cada día los vecinos. «Esto non ten xeito», explica uno de ellos que pasea bajo el sol, «de noite escóitase vir un coche desde o cruce con Fernández Ladreda». El arranque de la carretera a Salcedo tuvo que ser acondicionado cuando abrió, en las afueras de Pontevedra, el centro comercial Carrefour. De repente, por este tramo de carretera empezaron a transitar muchos más vehículos de los que se esperaba, y la Diputación, entonces titular del vial, urbanizó la zona y construyó aceras. Luego llegaron las obras y la invasión de tapas. En 1998, varios conductores denunciaron al organismo provincial porque sus vehículos habían sufrido daños al pasar por las bocas abiertas del alcantarillado. La cosa no fue a mayores, porque las tapas, aunque retiemblan, se han mantenido en su lugar desde entonces. Pero el ruido es lo de menos. Cada vez que llueve en cantidad, la sobreabundancia de alcantarillas no evita que Blanco Amor se inunde, y que el agua llegue a veces a superar el nivel de las aceras. «Por moi despacio que pasen os coches, móllante», protesta el vecino. No es raro ver entonces a paisanos empapados, insultando con furia a los automovilistas, que los miran aturdidos mientras esquivan obstáculos en la calle de las tapas. Una sinfonía metálica al paso de los coches. Muchas de las tapas de registro de la calle Blanco Amor, que une la glorieta de Paco Leis con el acceso a Carrefour, están sueltas, y provocan un molesto sonido cada vez que un coche pasa por encima.