RICARDO MARTÍN CRÓNICA Diez personas asistieron el domingo en Marín al acto del Día de las Falanges Gallegas
19 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.ostalgia. Las apocalípticas proclamas del jefe territorial de Falange, más que revivir un recuerdo, parecían buscar alimentación artificial para un estertor cargado de añoranza. La solemnidad se limitaba a una bandera rojinegra, coronada por el yugo y las flechas, y la firmeza de la cara visible de la organización en Marín, Carlos Lázaro. Los diez rostros del patio de butacas no apartaban la mirada del platicador, pero su soledad transmitía más indiferencia que otra cosa. Una única pregunta del público asistente: ¿eso del Frente Español supone la desaparición de Falange? El interrogante buscaba futuro para una organización evidentemente en coma. El orador aclaró que nadie tenía previsto desenchufar al enfermo: «la Falange seguirá existiendo». «Se machaca a la familia» Manuel Paz, jefe territorial, anunció varias veces el final de su discurso; siempre había otra cosa que apuntillar, sobre inmigración, nacionalismo, patria, valores, capitalismo... «El problema es el sistema». «Se machaca a la familia». «Se eleva a la categoría de modelos personajes aberrantes de la televisión; típico de una sociead decadente». El falangista, sin excesivo énfasis -no era necesario elevar el tono de voz-, intercaló su mensaje en un inconexo repaso a la actualidad. Nada contra los emigrantes, pero «por qué un español no puede estudiar en Cataluña». «Hay más de dos mil mezquitas en España y un español no puede estudiar en Cataluña». «A un musulmán le ponen un profesor y un español no puede estudiar en Cataluña». La inmigración sirvió de autopista hacia el nacionalismo: «el niño bonito de los medios de comunicación». «Cuando Pujol dice algo, todo el mundo le echa incienso». «No son más que cipayos del capitalismo: ponen a las multinacionales a la altura de los estados e implantan otros en miniatura, mucho más manejables». Vuelve la moralidad: «la tecnología se emplea para destruirnos». «Se hace apología del sexo en televisión para destruirnos y desmotivarnos». «La CIA metió la droga para desmotivar». Y la prueba solemne: «¿Cómo un alijo de trescientos millones no deja rastro?». «USA enjuaga su déficit con blanqueo de dinero». Los medios recobran protagonismo con «un hecho escandaloso: la manipulación genética». «Nos bombardean con lo bueno que es, pero hay cosas que me resultan conocidas». «Ya lo hizo la Alemania nazi con los judíos». Y sin clara conexión, un lapidario: «Ahora que todos los dioses son iguales, nos ha salido otro: el mercado». El sistema actual, para el depauperado líder falangista, es literalmente «fascismo». «Su cara amable, pero con el palo detrás». «Ahora es mucho más eficaz matarte socialmente». Se ríe de que la sociedad llame fascistas a los etarras en medio de una perorata contra el frío capitalismo, y emite proclamas en favor de una «nueva sociedad, en la que las personas valgan por sí mismas». «Hay que decir basta». Recita principios como la verdad, la justicia y la libertad. Dice aquello de morir de pie, peleando. La veintena de ojos siguen, inexpresivos, sin dar señales de entusiasmo. No ha lugar La agrupación de extrema derecha en el Frente Español, una coalición electoral, ocupa la última parte del discurso. Y llega la única pregunta... Carlos Lázaro pide entonces al escaso público que se ponga en pie. «Todos los actos de Falange terminan entonando el Cara al sol». No ha lugar. El acto finaliza sin ceremonias. Algunos asistentes desfilan hacia el exterior. Un par atiende la petición del falangista marinense de facilitar sus datos para recibir correo de la organización. Lázaro escribe: al menos, hizo algún cliente.