Detalles y terminaciones de dudoso gusto empobrecen la estética edificatoria más cuestionada de los últimos años
16 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Horrosos cajones de ascensor, depósitos de gas, vuelos compactos y sin hueco alguno sobre las calles, amén de mansardas y buhardillas caprichosas, que rompen los tradicionales tejados rectos, forman parte de la estética más contestada en los últimos años en Pontevedra y su comarca. El gobierno local intentó cambiar el plan de ordenación para mejorar la estética de los edificios. Los cambios pretendían regular el vuelo de un metro permitido a las edificaciones sobre la calle, exigiendo galerías y balcones para un diseño más abierto. Otra de las propuestas consistía en eliminar las mansardas y otros elementos no imprescindibles para el normal uso del edificio, especialmente en los áticos. Se trataba de evitar así que los aprovechamientos bajo cubierta se convirtiesen en séptimas plantas encubiertas. Sin embargo, la presión de los empresarios de la construcción, que formularon una decena de alegaciones en contra, apoyados en sus postulados por PP y PSOE, dieron al traste con parte de la propuesta para mejorar la estética urbana. En cuanto a las fachadas, se amplió del 40% inicialmente propuesto al 70% la pobilidad de cerrar los vuelos sobre la calle. Tampoco hubo luz verde para suprimir las mansardas, si bien los cajones de los ascensores ya no serán permitidos. Si el urbanismo de los últimos años ha dejado problemas estéticos, hay otros de más altura que vienen de atrás. Es el caso de algunas de las torres que aún quedan diseminadas por el casco urbano, aquéllas que hicieron exclamar a algunos que «por fin, Pontevedra y Marín van para arriba». Ahora se consideran una expresión del desarrollismo de los 60 y los 70 -si bien, como recuerda la arquitecta Teresa Taboas, en aquella época también se hacían otras cosas- y nadie se plantea en principio mayores cambios de los que puede representar «un cambio de camisa» o la propia evolución del mercado. De igual forma, las torres del polígono de Campolongo responden a un urbanismo en abierto propio de aquella época -proliferó en Madrid y Barcelona- que hoy no se aplica. «As torres que non teñen perdón son as dos 80, porque entón xa non se facían esas cousas», asegura el concejal de Urbanismo, César Mosquera. Al fondo de las perturbaciones de la estética urbanística hay un problema de control. El Colegio de Arquitectos reclama que los municipios tengan todos un técnico superior, aunque sea mancomunado, y se ha ofrecido incluso a firmar convenios para hacerlo posible. Pero, como apunta Daniel Pino, es además cuestión de formación y de educación. Y su temor es que el problema, tras volver a primer plano, «como anduriñas na primavera», caiga otra vez en el olvido.