El frío, la humedad y las enfermedades derivadas del esfuerzo que realizan diariamente es lo que peor llevan las recolectoras de almejas 6:45 AM. Apenas una decena de gaviotas con insomnio merodean por la playa de Placeres, mientras los tímidos rayos del sol lamen el margen derecho de la ría cual si de un polo de fresa se tratase. Parece que va a hacer buen tiempo. Un cangrejo matutino baila un zapateado hacia atrás acompañado por los aplausos de una pareja de berberechos. La colonia de almeja babosa todavía duerme el sueño de los justos enterrada en su confortable cama de arena. La noche anterior fue movidita con eso del temporal, pero ahora reina la paz en el sosegado amanecer. ¡Es la calma que precede a la inevitable tempestad!
03 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.7:00 AM. Con nocturnidad y alevosía un batallón de más de ciento cincuenta personas se despliega rápidamente por toda la playa. En tres minutos la posición ha sido tomada. Un atónito mejillón recuerda la historia que una vez le contó un primo hermano suyo francés, se titulaba «El Desembarco de Normandía». Pero un pulpo viajado le desengaña rápidamente: «son los marines americanos, que otra vez nos están tocando los tentáculos». Sólo una almeja con memoria histórica caería en la cuenta: «ha bajado la marea, ¡horror!, vuelven las mariscadoras». Contra viento y marea Si bien se podría decir que estos sabrosos bivalvos llevan una vida regalada morando en esta playa de nombre tan gratificante, no lo es tanto para las que se convierten en sus verdugos. Y es que mariscar en Placeres no es ningún placer. Las cerca de ciento cincuenta mariscadoras de la comarca trabajan dos horas, diez días al mes en esta playa. El horario varía en función de la marea y ni la lluvia, ni el frío son eximentes en su dura tarea. Loli calcula su vida en función de los kilos de almeja. Así sabe que mandar a sus hijos al colegio le cuesta unos setenta kilos, llenar la cesta de la compra cuatro, pagar el seguro del coche nueve...Tiene muy claro que, si su marido no estuviera embarcado, ella sola no podría mantener a la familia. Como ella, su madre, y antes su abuela, trabajaban en esto, pero Loli no quiere «ni loca» que su hija viva de la ría. «Hoy no voy» «En invierno cuando es muy temprano y llueve, te levantas y dices: hoy no voy, pero tienes que bajar o no ganas. Da igual que estés enferma», confiesa Ana, de 38 años y con dos hijos. «Me tengo caído al agua embarazada. No eres capaz de levantarte hasta que alguien te ayuda. Muchas veces lloras de impotencia». Todas coinciden en que lo peor son las mojaduras. Se pasan dos horas con el agua por la cintura, ateridas de frío. Después, a esperar el turno en la cola para pesar la mercancía, algo que puede demorarse unas cuatro horas, que aguantan caladas hasta los huesos. En la tediosa cola de pesaje sorprende ver, entre tanta mujer, a Manuel Collazo, un soldador jubilado que le guarda el turno a su esposa, a la que trae a la marea para luego volver a recogerla. «Hay que tener mucha moral. El primer día que la acompañé me impresionó ver hasta dónde se metían. La verdad, en algunos casos son más fuertes que nosotros», confiesa. «¡Yo lo que sé es que estamos sin comer!», grita Amelia mientras escapa de la cola para hacer la comida a sus hijos. Sus compañeras, solidarias, le guardan el sitio. «Esto es muy duro y está muy mal pagado», apostilla. Media hora después regresará para concluir la jornada aunque, de vuelta en el hogar, le espera su otro trabajo, el de ama de casa. «Mi marido no da un palo al agua. Cuando termino el día, y después de una ducha relajante, aún tengo que preparar las lentejas de mañana», se queja esta mujer. Manjar para señoritos Rosario dice que ella casi nació en la playa, porque de pequeñita ya bajaba con su madre. Hoy, a sus 58 años, apenas puede andar presa del reuma y de una molestia en la columna, dolencias, por otra parte, muy comunes entre las trabajadoras del mar. «O que hai que pasar para que coman vostedes os señoritos», se lamenta, acompañándolo de todo un rosario de desgracias. Mucha y Ramón son una excepción entre los demás. Casados y con dos hijas, trabajan juntos en el marisqueo mientras esperan que él vuelva a la pesca a flote. Una compañera asegura, bromeando, que «pasan todo o día berrando» pero ellos, sin vacilar, aseguran que «se non nos gustara, non estaríamos xuntos».