Lo saben muy bien los médicos. El ánimo de los pacientes en estado crítico es clave en su recuperación. El estado de la sociedad española es próximo a la depresión, un obstáculo para la ansiada superación de la crisis. Y una de las razones es este desfile diario de ejemplos de indignidad moral. Lo peor de la corrupción es que al delito añade un manto de lodo sobre las instituciones e inocula el virus de la desconfianza en la ciudadanía. Los procesos judiciales se eternizan y cada avance se convierte en el paso de un viacrucis. El ritmo de la justicia es necesariamente más lento que el de la política, porque debe ser especialmente garantista en la protección de derechos. Pero no debe ser excusa para la inacción, que solo consigue que el mal se gangrene. Junto al indeclinable derecho personal a la presunción de inocencia cabe reivindicar también el de la ciudadanía a ser gobernada por representantes libres de toda sospecha.
Porque la confianza en los gobernantes es pilar básico de un sistema democrático. Se comprende que Bárcenas mienta. Lo inaceptable es que quienes tienen responsabilidades políticas no hagan lo necesario para limpiar las sospechas que pesan sobre las instituciones. Explicaciones espurias como la del finiquito convertido en simulación de salario son un atentado a la inteligencia que genera aún más desconfianza. El runrún con la demanda que Rajoy quiere pero no presenta parece un juego infantil que aún mina más la ya escasa credibilidad de nuestros dirigentes. No solo no asumen responsabilidades, sino que echan balones fuera. Y con ello aceleran la descomposición del actual sistema de partidos. Porque, hartos, los ciudadanos pueden acabar buscando extramuros del sistema, como los italianos con Grillo, la esperanza que necesitan y ahora no encuentran. De poco servirá entonces rasgarse las vestiduras. Porque la pasividad ante la corrupción es un excelente abono para la demagogia y el populismo.