El maltratador que anuló a su mujer con insultos y vejaciones diarios durante más de dos décadas: «No vales para nada, a dónde vas a ir sin mí»

Marta Vázquez Fernández
M. Vázquez OURENSE / LA VOZ

VERÍN

Pasillos del eficio del tribunal de instancia de Ourense.
Pasillos del eficio del tribunal de instancia de Ourense. M. FERNÁNDEZ

La magistrada de Ourense ve probado que el agresor utilizó la violencia vicaria para hacerle aún más daño a la víctima, al maltratar físicamente a su hija y a sus perros

01 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El insulto, el desprecio y el control fueron durante más de veinte años el modo que tuvo un hombre de comunicarse con su esposa cuando ambos se encontraban en la soledad del domicilio, sin testigos. La llamaba «cabrona» o «puta» casi a diario para minarla psicológicamente y cada vez que ella le decía que lo iba a dejar, la amenazaba con quitarle a sus hijos. A ella nunca la agredió físicamente, pero para incrementar su sufrimiento tocó donde a ella más le dolía. Convirtió a su hija en el centro de su ira, con palizas desde que la pequeña tenía 4 años, y tomó por costumbre pegar a los perros de su esposa, sabiendo lo mucho que ella los quería y el dolor que le causaba su sufrimiento.

La gota colmó el vaso cuando, tras un día fuera de casa por trabajo, la mujer fue recibida por un marido que solo quería explicaciones y estaba propenso a la bronca. Intervino la hija, que acabó siendo agredida, y dos días después juntas acudieron al cuartel de la Guardia Civil de Verín para denunciar la situación que llevaban años soportando. En el juicio, celebrado hace unas semanas en Ourense, ambas relataron la pesadilla que vivieron bajo un techo en el que en lugar de tranquilidad, solo encontraron terror, y a pesar de que el acusado, apoyado por su hijo, negó todo, la magistrada encargada del asunto ha visto creíble el testimonio de las víctimas, corroborado por unos contundentes informes que avalan que ambas sufren graves secuelas psicológicas.

Es por ello que al acusado, Manuel L. T., se le considera culpable de un delito de maltrato habitual hacia su mujer y su hija, por el que se le impone una condena de 1 año y 9 meses de prisión, además de la prohibición de acercarse o comunicar con las víctimas durante tres años. Tendrá que indemnizar a cada una con 3.000 euros por el daño moral, pero además se le impone una segunda condena por la agresión a su hija que tuvo lugar días antes de la denuncia. Ese hecho se califica como un delito de maltrato por el que el agresor tendrá que realizar 57 días de trabajos en beneficio de la comunidad y asumir otro año más sin acercarse a su descendiente.

Tal y como recoge la resolución, contra la que cabe presentar recurso, el matrimonio convivió durante 33 años, teniendo dos hijos en común. Pronto comenzaron los abusos del marido, que según la sentencia durante más de dos décadas acostumbraba a dirigirse a su mujer con expresiones como «zorra» y le decía con frecuencia «no vales para nada, a dónde vas a ir sin mí». La jueza ve probado que el agresor controlaba los movimientos de su esposa y eliminó su capacidad para «tomar decisiones económicas y anular sus relaciones y su voluntad». La togada Susana Pazos también señala, a través de una larga y razonada resolución, que aunque el acusado nunca llegó a agredirla físicamente, sí golpeaba a sus perros y a su hija. Recuerda que esta conducta «está contemplada como un supuesto prototípico de violencia vicaria, al buscar el acusado generar un sufrimiento emocional añadido a la víctima» y argumenta la necesidad de castigar penalmente una serie de actos que, por su repetición, «crean una atmósfera irrespirable o un clima psicológico de maltrato, no solo por lo que comporta de ataque a la incolumidad física o psíquica de las víctimas, sino, esencialmente por lo que implica de vulneración de los deberes especiales de respeto entre las personas unidas por vínculos».

Para la togada, los síntomas de ansiedad, estrés, baja autoestima y sentimientos de culpa y vulnerabilidad que presenta la mayor de las denunciantes, no puede ser atribuida a ninguna otra causa que no sea el maltrato psicológico ejercitado por su marido durante años. Pero, además, cree que su testimonio se ve también corroborado por el de la hija. «Durante el juicio describió con una especial carga emotiva el difícil clima familiar que se vivía en su domicilio por mor de los constantes insultos que su padre profería a su madre, y las expresiones de menosprecio, tales como que no valía para nada, además de desplegar actos de maltrato físico hacia sus perros para causarle más dolor».

Una familia rota

Que la familia quedó rota también quedó claro durante el juicio. La defensa llevó como testigo al hijo y hermano de las víctimas, con intención de acreditar que la situación que ambas habían descrito nunca se habían producido, pero la togada cree que sus palabras deben tomarse «con cautela». Y es que el chico admitió que no se habla con su madre desde la denuncia y mostró «animadversión» hacia su hermana, al definirla como negativa. Preguntado por una paliza que ella recibió a los 4 años —cuando su padre la golpeó contra un armario y la encerró en una habitación porque no quería comer— dijo que había sido una simple reprimenda, sin violencia. La jueza observa que si solo se hubiera tratado de eso, difícilmente hubiese quedado grabado en su memoria durante tanto tiempo.