Sin rastro

María Cobas A

PETÍN

yer se cumplieron dos años de la desaparición de Martin Verfondern. Dos años sin que nada se sepa qué pasó con aquel grandullón alemán que llegó un día para instalarse en la aldea semiderruida de Santoalla (Petín) y poner en marcha un proyecto de vida diferente, que encontró seguidores, pero también detractores. Nada se sabe de él ni de su todoterreno, el mismo que anunciaba su llegada desde varios metros antes, por su bronco sonido; y el que no pasaba desapercibido por sus grandes dimensiones. Eso era antes. Se fue sin dejar rastro. O lo hicieron irse. Eso todavía sigue siendo, dos años después, un misterio sin resolver. ¡A veces cuesta creer que nadie vea nada! ¡Que nadie viera nada! Dos años en los que su esposa, Margo Pool, ha seguido (y sigue) desde Santoalla la evolución de la investigación, que los propios agentes reconocen está en un punto muerto a la espera de pistas. Ella ya no le espera. Está convencida de que su marido fue víctima de un crimen, que él no se iría sin dejar rastro. Por eso hace un año celebró un funeral poco al uso en Petín, en su despedida. Ayer, prefirió estar en casa, «con unos amigos, quiero estar tranquila», confesaba. Es igual de respetable una opción, la de convocar a la gente para pedir que se reactive la investigación, como la de optar por quedarse en casa y pasar el momento sin exhibirse, pidiendo sin público que se mantenga la búsqueda. Porque lo importante es que se busque. No solo a él, a todos los que un día se fueron y no volvieron.