| O |
14 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.FRENTE a un vino desnudo de referencias sobre su pedigrí, el glamur y los discursos más elocuentes sobre el sudor que hay detrás de una botella se evaporan como por arte de magia. La cata ciega se presta a los sobresaltos y el denostado Ribeiro ha dado ya unas cuantas sacudidas en el panorama vitivinícola gallego. La última, con un vino redondeado en barrica, un tipo de elaboración que, pese a algunas destacadas excepciones, no ha sido precisamente el fuerte de nuestros blancos. Los premios de los concursos no son infalibles, si se quiere ni siquiera del todo justos. Las más de las veces se resuelven por unas pocas décimas y en ocasiones incluso hay que recurrir al azar para romper un empate. Pero a la larga dibujan un retrato robot muy fiable del momento que atraviesa el sector. De los resultados de la Cata dos Viños de Galicia se harán múltiples interpretaciones, lecturas que irán del autobombo al desdén, según haya caído el veredicto. La moraleja, sin embargo, está ahí para quien la quiera ver: por encima de los discursos más elocuentes siempre hay una copa desnuda. El mejor vino de Galicia pudo haber sido un Rías Baixas, un Ribeira Sacra o un Monterrei. Que nadie tenga el patrimonio de los premios es una buena noticia para las bodegas y también para los consumidores. Que se los repartan un colleiteiro y un gran grupo, un motivo para ver el futuro con optimismo.