Cuando David vuelve

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

MANZANEDA

Santi M. Amil

02 nov 2019 . Actualizado a las 10:37 h.

No sé lo que nos pasó. Es difícil ceñirse a la verdad porque la verdad no se ve. La verdad se lleva dentro, como los secretos, como la camiseta interior a la que nunca le salieron los lamparones. Como el billete escondido en el calcetín derecho. Lo que sí sé, es que esta historia, al igual que La vida privada de los árboles termina cuando David vuelve, o cuando ya estoy seguro de que no lo hará.

Vivíamos en un piso de la calle Cabeza de Manzaneda. En realidad el piso no era más que un pasillo con puertas a los lados donde algunos muebles dormían por las noches. Donde el ruido de la nevera nos despertaba los días impares. En realidad la calle no era más que dos aceras en pendiente por las que la bajada al colegio se antojaba sencilla y la subida de vuelta a casa nos torturaba los gemelos. Cabeza de Manzaneda me parecía el nombre de algún tipo de trofeo medieval, pero no de una calle.

Convivíamos en paz con algunos bares ruidosos, un par de ultramarinos y un sitio en la plaza de San Cosme que se llamaba A Pita Tola donde la tortilla se convertía en manjar insustituible. Mi madre había ido a trabajar y David, mi hermano, ya era mayor en la medida justa que uno necesita para velar por otro sin la presencia de una figura materna que analice comportamientos desde el sofá del salón. No sé lo que nos pasó. Puede ser que yo le hubiera mordido con demasiada fuerza en la espalda, como solía hacer cada vez que él se despistaba. O puede que él volviese a tratar de meterme un playmóbil entero por uno de los agujeros de la nariz.

Cualquiera de las torturas imprudentes infantiles que acostumbrábamos a practicar pudo tener la culpa, escoger solo una sería injusto para todas las demás. Pero sé que yo me enfadé. Enfadarme me da sueño, así que me dormí.

Al despertar después un período de tiempo imposible de calcular, la casa estaba vacía. Incluso el frigorífico se había callado y el ronroneo de la lavadora enmudeció sin aparente explicación. Yo aún no estaba preparado para quedarme solo. ¡Si yo ni siquiera sabía leer la hora en un reloj!

Y los llantos se me mezclaron con la angustia mientras me tocaba a mí mismo todo el tiempo. Porque el miedo asusta pero a veces uno ha de tocarse para saber que sigue entero. Recorrí todas las habitaciones, incluso esa donde nunca solía entrar y que no resultó ser más que un armario demasiado grande. Y los lloros se entrecortaban entre los barrotes azules del balcón que abracé como si alrededor no hubiese nada mejor que abrazar.

Pero ni siquiera Yasmina salió en mi ayuda desde su pequeño almacén de tejidos de enfrente. Sentí el sonido áspero que rasca la llave al girar en la puerta principal.

Por culpa de la alegría disparé una peluca de playmóbil que dormitaba perdida en mi nariz, entre los mocos incoloros que uno inspira fuerte por no secar. «Fui al Simago por helados porque te habías enfadado», dijo mi hermano.

No sé lo que nos pasó. La nevera ya rugía como siempre solía hacerlo. David había vuelto.