CON GOTAS | O |
05 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.ENTRE la legalidad y la justicia media un largo trecho que no siempre acaba de recorrerse. El desarrollo urbanístico de A Tomada ofrece un perfecto ejemplo del desajuste entre ambos términos. Cualquier mente razonable convendrá en que el apetecido outeiro aportaba a Carril una de sus escasas oportunidades de desahogo. Cualquier planificación medianamente sensible hubiese hecho de A Tomada el parque por excelencia de Carril, un espacio que dominase la ría, susceptible de acoger bosques y rutas umbrías. Un reflejo en tierra firme de Cortegada, que antes o después será blindada por la Administración como el parque nacional que es, limitando el acceso del personal que hoy recorre sus abandonadas corredoiras con apreciable libertad. Sin embargo, demostrando que el único derecho que a la postre prevalece es el del aprovechamiento económico y la plusvalía del cemento, una conocida inmobiliaria se dedica desde hace meses a destruir, sistemáticamente, este pequeño tesoro de forma irreparable. El uso de explosivos, que hace un par de años retumbaron generosamente, regando de cascotes los tejados del vecindario, constituye el mejor ejemplo de lo que allí se hace: destrucción del territorio, violado en su conformación natural para acoger los sueños chaletíferos de quienes puedan pagar un pedazo de tierra destrozada en la que plantar sus reales posaderas con jardincito, garaje, dos alturas y aprovechamiento bajo cubierta. La guinda a este amargo pastel viene dada por el vergonzoso muro de contención que su maquinaria mercenaria acaba de estampar en lo más alto de la villa arousana, un terrorífico conglomerado de bloques grises, involuntaria metáfora del camposanto que da sepultura a cualquier esperanza de regeneración estética y ambiental. Éste es el cuidado que prodigamos a nuestra costa, el de la tumba y el nicho. Forrados de eurazos, eso sí.