EL MIRLO EN EL NARANJO

La Voz

CORTEGADA

JUAN J. MORALEJO

22 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Por trécolas académicas menores a larga distancia ¿una tesis meridional, una conferencia septentrional¿ tenía atrasados los deberes en mis tareas académicas mayores e inmediatas. Pero, ya recompostelano, enseguida salí de atrasos yéndome al encuentro de mis señoras, las truchas, en aguas célticas y divinas, que así son y significan las de mi Deva. No fue la pesca milagrosa ni queda amenazado el porvenir de la especie, pero hay que decir que las cucharillas y las moscas no quedaron ociosas. Ese gozo del cesto se multiplicaba en el de compartir mesa y disfrutar charla en Cortegada con mi tía Guillermina, mi tía por antonomasia. Charla que siempre quiere volver a tiempos, gentes y lances que viví o que conozco por tradición oral familiar y que hubieran tenido ocupados y felices a Pardo Bazán, Valle Inclán, Cunqueiro, Casares y, sin duda alguna, García Márquez. Acabada la comida, salimos a tertuliar en la terraza y el primer tema fue la desfeita que las heladas nos hicieron en limoneros, palmera, geranios... y, sobre todo, en el naranjo enorme, emblemático del jardín y de la casa y siempre cargado de naranjas cuya acidez no tenía nada que envidiar a un clorhídrico de gran reserva. Pero era un árbol glorioso y el verlo en esqueleto irreversible me conmovió porque lo tenía muy enraizado y céntrico en mi imaginario vital. Y a las ramas del naranjo se nos vino un mirlo que, sin estarse quieto un segundo, bordó un par de compases de su arte y se nos fue. Y el mirlo hizo que mi tía me contase una vivencia que vivió hace cuarenta y tres años y todavía revive con emoción. También la sentí yo al escucharla, pero mucho me temo que mis capacidades de reproducirla ahora no pasen de chafar o hacer trivial lo que fue un momento hondamente serio, de verdad a tope. En el Santiago de 1959 una de las noticias graves del año fue la muerte prematura y repentina de mi tío, el traumatólogo Manuel Álvarez Álvarez, hombre que dejó bien certificadas sus calidades humanas y profesionales. A mi abuela, que era doctora cum laude en inteligencia natural y energía moral y que murió centenaria muchos años después, la muerte de aquel hijo la tuvo aniquilada tiempo y tiempo y, sentada por las tardes en la terraza, el llanto le crecía en diluvio ¿digámoslo con Quevedo¿ mientras con mi tía debullaba rosarios y rosarios por su hijo. Una tarde de aquellas, mientras mi tía y mi abuela rezaban, se posó en el naranjo un mirlo que trinó todas las maravillas habidas y por haber en una tocata larga, que duró todo el rezo y más. Mi tía pensó ¡Dios mío, si será Manolo!, pero espantó las distracciones a su devoción, las corrigió teniéndolas por antojos y no quiso teimar en las penas de mi abuela, que rezaba ya serena. Acabó el rosario y las dos callaban, atentas al mirlo, que todavía tenía algo que decir. Acabó el mirlo su tocata, se fue volando y mi abuela, con su convicción y serenidad habituales, aseguró: ¡Era o meu Manolo!