Celanova dice adiós a sus «monjas»

Las cuatro religiosas franciscanas que mantenían la comunidad, centenaria en la villa, se van este mes


celanova / la voz

Durante más de un siglo, las religiosas franciscanas han formado parte de la historia de Celanova, fundamentalmente dedicadas a la enseñanza en el colegio Sagrado Corazón, que gestionaron hasta que en 1997 pasó a una cooperativa de profesores. Pero también participando en la vida cotidiana de la villa, colaborando con la parroquia y ocupándose de los pobres y enfermos. Las cuatro últimas hermanas que mantenían la comunidad franciscana en Celanova dejan la casa de la rúa do Areal el próximo 21 de enero. Se pone fin así a 120 años de presencia de las franciscanas en la villa, que se queda sin sus «monjas». El 19 de enero se las despedirá con una misa y una comida.

«Nos mueve más la edad que lo económico, aunque hoy es un lujo que cuatro personas vivan en esta casona», explica la responsable de la comunidad, María Díaz, de 82 años, que es natural de Muimenta (Lugo). El presupuesto anual que les envía la congregación es de 700 euros que, pese a que parece escaso, les da para colaborar en las campañas a favor de las misiones o contra el hambre, menciona el párroco Cesáreo Iglesias, quien las considera un «referente fundamental» para la parroquia, tanto por su ayuda como por su preocupación por los «pobres y otros necesitados». La atención a ancianos, la enseñanza y la vocación misionera son los puntos esenciales del servicio de esta comunidad franciscana. Estas religiosas los desarrollaron ampliamente. Concepción fue misionera en Venezuela -en una misión en la selva amazónica en los años setenta- y en Chile, Esperanza Vidal se dedicó a la rama sanitaria antes de radicar en Celanova hace seis años y la hermana María fue profesora. Dio clases en el Sagrado Corazón entre 1982 y 1988 y luego pasó a ser directora del centro. En el 2005 regresó, cuando la comunidad de Celanova aún tenía doce hermanas. Manuela Fernández, además de dar clases, se ocupaba del internado del colegio, en el que llegó a haber cien niñas de toda la comarca.

«El colegio era una solución para los padres emigrantes»

«El colegio de Celanova fue un referente, era una solución para los padres que emigraban», afirma la hermana María. Su compañera Manuela menciona un detalle: cuando la madre Sofía le mandó que bajaran dos niñas internas porque sus padres habían llegado para buscarlas. Las pequeñas le dijeron a la religiosa que las acompañase o no irían. No conocían a sus padres. Se habían pasado la infancia de las hijas emigrados en Venezuela. «Trabajé siempre con los marginados, como los hijos de los emigrantes», apunta.

Uno de sus votos fue la obediencia y así lo cumplieron llegando a Celanova -destino que recordarán por la cercanía y la convivencia con los vecinos- y ahora que las envían a otros lugares. María irá a Ourense, Concepción y Esperanza, a Vilagarcía y Manuela, a Santiago. Su día a día actual comenzaba con rezo comunitario (laudes), oración personal y las tareas cotidianas, entre ellas el paseo por el pueblo, deteniéndose con la gente. «Hay necesidad de que se escuche», observa María Díaz.

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