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Son la salsa del fútbol. Los partidos contra el equipo del pueblo de al lado tienen un sabor especial y, a partir de ahí, lo del calificativo de derbi se lo hemos colgado a una serie de enfrentamientos de rivalidad que se ajustan a esos cánones.

Tenemos que admitir, aún así, que el balompié de nuestra provincia está un poco revuelto desde la desaparición del Club Deportivo Ourense, hasta el punto de que el derbi Barco - Barbadás nos suene a algo, cuando menos peculiar. Lo de los azulones y su crecimiento en los últimos años tiene un mérito tremendo y el despertar de un clásico como el valdeorrés nos llena a todos de alegría. Hasta ahí, todo fetén, aunque nos siga faltando ese equipo referencia para aglutinar a todas las comarcas.

Otro cantar es que ya en Tercera División, la apuesta por la permanencia solo fuera posible recurriendo al mercado luso en Os Carrís o mirando hacia el Bierzo desde las orillas del Sil, si bien en un mundo tan globalizado quizás deberíamos desprendernos de algunas cuestiones que reza el D.N.I. El caso es que incluso, cuando los puntos estaban en el alero, en los últimos minutos, el que se elevó al cielo de Calabagueiros fue un meta balear que ha entrado con el pie derecho en O Barco.

Es fútbol y es así. Algo tendremos que hacer por la cantera ourensana y porque el Pabellón que se pasó años en la División de Honor juvenil no se venga con ocho de Gijón. Quizás no baste con el ADN ourensano y sea necesario otro tipo de trabajo específico, pero un derbi es un derbi. Eso sí, si viene alguno de fuera, mejor que sea porque destaca sobre los demás.

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