AREOSO | O |
14 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.MANRIQUE consiguió que sus versos fueran famosos, pero en realidad nadie hizo caso de aquello de que una vez traspasada la muralla de la muerte, «todos son iguales, los que viven de sus manos y los ricos». No hay más que visitar los cementerios y comprobar las diferencias entre nichos, tumbas y mausoleos, como si en el más allá importase demasiado haber residido antes en una chabola, en un piso de protección oficial o en un palacio. Claro está que yo hablo de oídas, porque de momento no visité el otro mundo para comprobarlo. Pero de algo me sirve la experiencia de éste, que te enseña que el dinero hace milagros, pero hasta un límite, porque las desgracias no suelen entender de clases sociales y lo mismo se muere Rocío Jurado que se queman los montes que rodean los ricos chalés de los emigrantes retornados de Avión. Por eso una no acaba de entender las disputas políticas cuando lo que anda en juego es el patrimonio de todos. Y duele comprobar que unos cuantos años después del Prestige sigamos en las mismas, rivalizando sobre quién puede sacar mayor tajada de las desgracias cuando, en realidad, perdemos todos. Dan vergüenza sus banderas. La de color verde y negra con el lema Lumes nunca máis y la de la parte contraria, de fondo rojo y franja azul con la frase Que non arda xamais . Dan vergüenza sus discursos, echando las culpas los que ahora gobiernan a los que lo hicieron antes y dejando caer la sospecha de la revancha política. Otros se frotan las manos esperando sacar tajada en las municipales de los errores y la bisoñez de quienes se vieron superados por la tragedia. Y se les olvida que el fuego sólo tiene un color, el del infierno, y que entre sus hogueras no figura la de las vanidades. Lo dijo Manrique, que en la muerte todos somos iguales, pero seguimos sin hacerle caso.