Un maestro de pueblo

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

A MERCA

Hace menos tiempo del que pueda parecer, todavía existían los maestros de pueblo. Justo por debajo de la admiración y respeto impuestos hacia el cura del lugar, el maestro, que casi siempre procedía de una gran ciudad, era la segunda autoridad. La figura competente, el sabio, el insigne. Mi tío abuelo Augusto, cojo crónico de la pierna izquierda y con el ojo derecho de cristal, retenía a su alrededor, disfrazado entre el humo de esas farias en las horas puntas, un halo misterioso, casi divino, que adornaba con historias hilarantes que nunca nadie creyó ciertas. Ni siquiera él mismo. Pero a veces lo más excéntrico no está tan lejos de la realidad. Por culpa de una copa de anís justo en el minuto equivocado, se perdió la designación de destinos anunciado para aquella hora de aquel día, y para cuando llegó al ayuntamiento situado en la única plaza mayor inclinada del mundo con la plegaria saliéndole de los bolsillos, ya solo quedaban las aldeas de los pueblos donde todavía no había llegado el asfalto.

Algún sitio de nombre singular, quizás compuesto, situado entre San Cibrao y A Merca. Tal y como mandan las hipotéticas normas protocolarias, tanto el cura como el alcalde fueron a recibirle a la entrada del pueblo. También por un simple tema de cortesía, sabían de su cojera por lo que llevaron un utilitario para recogerlo en la lejana parada del Anpian. Camino a la que sería su nueva casa, urdían el mejor modo para que Augusto pudiese llegar solo hasta el colegio situado a un par de kilómetros de la vivienda. La pata de palo descartaba de manera evidente e irrefutable tanto la motocicleta como la bici, y los coches automáticos estaban reservados para los curas, profesores y alcaldes de las capitales.

Las altas esferas ya en los viejos tiempos. Se le ocurrió entonces al cura -que por algo era la figura paradigmática- regalarle al señor maestro un burro, mientras le explicaba que, para evitar caerse en el trayecto, le pondrían una silla para subirse y unas correas fáciles de atar a la cintura o al pantalón evitando así cualquier tipo de accidente. A las tres partes les satisfizo la solución y brindaron con vino de casa. Con la mano alzada de la misma manera que lo hacía la reina en los periódicos, el nuevo maestro saludaba a los habitantes de la aldea que le salían al paso mientras el burro trotaba lento y cansado hacia el colegio. Parecía un camino seguro e imperturbable. Nadie contó con las ganas de amor del burro. Sin tiempo de reacción el animal echó a correr hacia una mula -que aún estéril se dejó hacer el contacto sin protestar pasmada con la nada a lo lejos. Y la montó.

Los gritos del señor Augusto atado sin remedio al animal fueron escondidos por los jadeos del burro y acompañados por el bamboleo de las embestidas. Nadie se enteró. El maestro dejó el colegio antes del primer día, sin explicación. No todos servimos para ser de pueblo.