La cosa es aguantar

Xosé M. Pacho SECCIÓN DE ULTRAMARINOS

OURENSE

Los incendios en edificios abandonados, o casi, de la ciudad de Ourense son a veces una metáfora de la actualidad: arde, hay mucho humo y huele a quemado.
Los incendios en edificios abandonados, o casi, de la ciudad de Ourense son a veces una metáfora de la actualidad: arde, hay mucho humo y huele a quemado. R. Nóvoa

Dicen que desde la distancia se ven mejor las cosas. Y yo estos días tengo distancia. Por lo menos, unos tres mil quilómetros. El espacio que separa Ourense de Estambul, donde estoy asistiendo al Congreso Mundial de Filosofía del Derecho, y donde unos y otros hablamos, compartimos y discutimos de lo divino y de lo humano. Y tiene gracia porque mientras hablamos de esto, cada cierto tiempo los muecines llaman al rezo desde las mezquitas. Estambul es turística y europea y asiática y musulmana y no musulmana, una mezcla que parece contradictoria, pero que define muy bien nuestra época. Ourense sin saberlo, también define muy bien nuestra época, porque vive ensimismada y hechizada por su propia historia. Ourense no avanza porque alguna vez avanzó, Ourense no crece porque alguna vez creció y esto es tan terrible como indicativo de la degradación de nós.

Tuvo mucho que ver con la emigración. Con el destierro. Porque cuando una tierra no te da para comer y tienes que dejarla, algo, en lo más profundo, se rompe. Y Ourense está rota. No sabemos qué pasa y por lo tanto no sabemos qué podemos hacer para arreglarla. Cuando paseo por las calles de Estambul pienso en el peso de la historia que vive ajena a sus ciudadanos actuales. Porque los emperadores romanos, y el imperio otomano y la Turquía moderna nacida tras la caída del imperio turco al final de la segunda guerra mundial no son más que recuerdos. Ese paisano que tiene una tienda en la esquina o aquella mujer que trabaja en la cervecería donde puedes ver el Mundial no saben de Justiniano, de Suleiman, y tal vez algo de Atatürk, pero poco más. Sí tienen claro lo que quieren ser. Ourense no. No lo sabe. Vive ensimismada.

Cuando el otro día vemos como se incendia en el barrio del Puente un edificio que estaba casi abandonado y cómo esto es noticia. Como noticia es que los políticos de turno se presenten a las elecciones de turno. Que los procesos judiciales de turno para juzgar a los políticos de turno sigan o no sigan adelante. Cuando arreglar una locomotora es un tema, o no ocupar u ocupar la plaza de Abastos copa las noticias de la ciudad, todo ello nos muestra por qué no podemos avanzar. Cuando las gentes de un lugar no saben lo que quieren, porque no pueden saberlo, porque su imaginario vital se ha ido achicando por décadas el desastre se revela cumplido.

Lo de la Atenas de Galicia era solo una frase feliz, como frase feliz era hablar de las cosas que solo hay en Ourense, que si el Santo Cristo, que si las Burgas, y que si el Puente Romano… Y tampoco Ourense es la cenicienta de Galicia. Eso solo es otra chorrada. Ourense es lo que nosotros queremos que sea. Y por eso podemos cambiar.

Muchas veces las proyecciones que hacemos del futuro tienen que ver con el presente. Si seguimos como hasta ahora, llegaremos a un futuro distópico. Pero esto nunca se cumple, porque cuando el presente cambia, cambia también el futuro. Ya lo decía Walter Benjamin hablando de los ángeles de Paul Klee. Y por eso el mundo es inefable e inabarcable porque no sabemos lo que va a pasar. Aunque podamos sospecharlo. Podemos sospechar quién puede ganar las elecciones, pero siempre que no cambie nada. Porque cuando algo cambia, todo cambia. Podemos sospechar quién va a ganar el Mundial, pero lo más probable es que no lo lleguemos a acertar. Por eso no queda otra cosa que el optimismo de la voluntad o, dicho de otro modo, la confianza en que las cosas sigan por su propio camino, y que sea para bien.

Estambul está llena de gatos que se reparten por las calles, por las casas, por los edificios públicos, con parsimonia y con flow, con tranquilidad. Ellos saben la verdad, que las cosas pueden cambiar, que es sólo cuestión de tiempo y de tranquilidad. Han visto pasar civilizaciones e imperios, pero ellos siguen allí, plácidamente tumbados. Como el que está a la puerta de mi hotel, o los que están dentro de la universidad.

Y a Ourense también le vendría bien esto, la verdad. Percatarse de que el pasado no construye el futuro, que es solo el marco general, y a partir de ahí, continuar. Porque yo solo puedo ser optimista. Si en un congreso mundial de filosofía del Derecho me puedo encontrar con alguien con una madre de Castrelo do Val, todo puede pasar. Mientras tanto, lo que nos queda es aguantar. Porque no parece muy normal que sea más fresco estar en Estambul que en Ourense provincia o ciudad por las temperaturas tan bestias que se están sufriendo. Lo único que nos queda es que un alcalde, el que sea, busque la forma de refrescar la ciudad. Y aguantar.