Cuando con tres años entregamos a nuestros hijos al sistema educativo lo hacemos confiando. No queda otra. Solo con ese ejercicio es uno capaz de desprenderse de lo que más quiere durante equis horas al día. Uno confía ya no en que estará bien —que ojalá— sino en que está en un lugar seguro. ¿Cuándo esa clase que huele a goma de borrar y ceras de colores se convierte en territorio enemigo? ¿Cuándo el patio, con su banda sonora de gritos de alegría, se convierte en un campo de minas?
Estos días algunos colegios de Ourense están trabajando de forma específica en la prevención del acoso escolar, gracias a un programa de la Xunta. Ojalá les cale a todos. Ojalá les sirva a los que pueden sufrir acoso y a los que pueden ejercerlo. Ojalá haya más iniciativas de este tipo, a instancias de la administración, de los propios centros, de las familias. Nunca es suficiente lo que se haga —en casa, en el aula, en la calle— para evitar que un niño sufra en el lugar al que va a crecer, a aprender, a jugar...
Cuesta pensar cómo siguen adelante los seres queridos de niños que se quitan la vida porque no aguantan más una situación que, en este perverso siglo XXI, salta de los pasillos del instituto a las omnipresentes redes, en las que quedan atrapados. Esas historias de final infeliz, del peor final, se empiezan a escribir mucho antes. Es difícil saber cuando se emborrona el relato. Pero lo que no hay que perder de vista es que atañe a toda la sociedad. Solo hay una cosa que le dé tanto miedo a un padre como que acosen a su hijo en el colegio. Que sea él el que lo hace.