Ahora que se cumplen 150 años de la primera llamada telefónica —y ahora que ya no se enrolla el cable del fijo mientras hablamos, pero sí nuestra vida en el móvil— recuerdo cuando la casa de mis abuelos, que era la casa del cartero, funcionaba como la cabina de teléfono.
Cabina no era exactamente. ¿Locutorio? Tampoco. Demasiado ambicioso. Eso de nudo de comunicaciones sería una buena definición, porque el cuartito de tres paredes (la cuarta era el muro del patio) donde estaba instalado el teléfono y el aparatito que medía los pasos fue durante años el epicentro del pueblo. Por aquella casa pasaban las cartas y los paquetes, pero también las primeras llamadas de los vecinos cuando el fijo no estaba en ningún otro domicilio y al móvil ni se le esperaba. Más allá de la comunicación postal y telefónica, aquello funcionaba —no habría mejor nombre— como un patio de vecinos. Si las noticias recibidas a través del auricular eran buenas las compartían en cuanto colgaban el auricular. Si eran malas, también. Y así, paso a paso, se tejía no solo una red de comunicación sino también la convivencia.
A mis primos y a mí nos hacía ilusión encargarnos de cobrar las llamadas y guardar el dinero en una caja. A los que ahora tienen el móvil como una extensión de su cuerpo les parecerá prehistórico cómo se calculaba la tarifa. Al establecer conexión empezaban a contar los pasos a toda prisa. Después, según a donde se llamara y durante cuanto tiempo, iba subiendo la cifra. Aunque nadie perdía el tiempo al aparato, también es verdad que nadie lloraba una peseta por saber de los suyos.