Pues ahora sí que podemos decir que la «normalidad» ha vuelto a la provincia ourensana. Ya tenemos aquí los termómetros en galopante ascenso dispuestos a batir nuevos récords históricos y demostrarnos que todo se puede superar. Ya estamos navegando en el habitual mar —el único que podemos permitirnos en tanto en cuanto el calentamiento global no nos eche una mano para acercarnos el otro; que ya falta menos— de citas festivas. Y sí, ya tenemos también aquí los incendios. Terminadas las restricciones por la pandemia de covid, este verano se empieza a parecer a lo de siempre. Solo hay una diferencia: la propia pandemia. Y es que, aunque oficialmente hayan decaído las restricciones porque el virus ha pasado por una especie de neutralización mágica gracias a lo que han dado en denominar gripalización, pues resulta que nadie ha debido de explicárselo bien al bicho. Y aquí sigue. Dando por saco. No a todos, claro. A los mayores. A los padres o abuelos de alguien (nunca nos gusta pensar en los nuestros cuando hablamos de la debilidad de la vejez). Y efectivamente, con ellos sí que este virus se comporta como el de la gripe: los mata. No sé si recuerdan, pero antes de que llegase el covid, la gripe saturaba las urgencias, las plantas de ingresos y se llevaba por delante a muchos. La mayoría tampoco se morían de gripe —igual que ahora no se mueren de covid— sino con ella. Se agravaban sus enfermedades crónicas, esas que se van acumulando a nuestro currículo sanitario con los años, y no lograban remontar. Pero hay una diferencia: aquello duraba una estación y con esta el goteo es todo el año. Así que ¡sentidiño!