Que se acabe ya el 2020


Estoy agotado. No aguanto más. Esta condena de la pandemia está siendo demasiado larga. Quiero salir, quiero quedar con los amigos a los que llevo semanas sin ver y quizás también con los que, por un motivo u otro, me he distanciado desde hace meses o años. Quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero cerrar bares, saltar en un concierto. Quiero coger un avión. Quiero irme de vacaciones con la familia a un sitio con playa, pero también me apetece ir por fin a Berlín. O a Viena. Quiero vivir. Hasta quiero volver a Riazor y ver un partido del Dépor. Y ya van unos veinte años que no piso por allí. Quizás por no poder hacer nada estos meses ahora me doy cuenta que echo de menos cosas que pensaba que había olvidado. Y no quiero olvidarme nada. No quiero olvidarme de lo que me gusta, de mis sueños. Quiero abrazar. No quiero olvidarme de vivir.

Pero vivir no puede ser esta broma de mal gusto en la que se ha convertido el año 2020. Y, si yo estoy exhausto, ¿cómo estarán quienes han perdido su trabajo, o quienes han cerrado para siempre sus negocios, o quienes bajaron la persiana y no saben si la podrán volver a subir, o quienes no tienen para dar de comer a sus hijos, o quienes han perdido a sus padres, a sus abuelos o a sus amigos por este maldito virus? Mi único deseo para el 2021 es que se acabe el 2020. Sin más. Que el año que viene la vacuna haga desaparecer la ansiedad y esta insoportable incertidumbre y nos inocule esperanza en vena.

Mucho más tiempo así no lo aguanta ni mi cabeciña ni la economía ni nada de nada. Así que, 2020, termina, por favor. Márchate y no vuelvas.

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