Ocho meses sin abrazos
Es increíble como un pequeño gesto puede significar tanto
Estábamos terminando Gambito de dama. Una de las últimas incorporaciones a Netflix. Es una miniserie para valientes, capaz de dignificar al ajedrez y hacerlo gracias a un personaje femenino impecable. Lo borda Anya Taylor-Joy, que actualmente también se está saliendo con su papel protagonista de Emma. Esa puede disfrutarse en las salas del Ponte Vella. Llegué tarde de trabajar y el día solamente me daba para acabarlo sentada en un sofá y desconectando a través de una pantalla. Decidimos que era el momento de probar unas palomitas de mantequilla que compré durante el reportaje de la apertura del Taste of America ourensano. En mitad del capítulo, soltó: «¿Cuándo piensas hacerte el test de covid de la farmacia?». No lo sé. «Pues podía ser pronto. Tengo ganas de darte un abrazo gigante». Al contrario que yo, mi madre mide las palabras. Es cauta, precavida y tranquila. Por eso siempre es exacta en la proporción. Y casi nunca expresa lo que siente. Dijo «gigante». Le contesté sonriente que pronto y seguimos viendo la serie calladas. Ella no lo sabe pero esa noche un aspersor de lágrimas me impidió dormirme hasta tarde. Era el día 30 de diario.
Hace ocho meses que no abrazo a mi madre. Que prácticamente ni la toco y que hablo más con ella por WhatsApp que en persona. En estos momentos vivimos en la misma casa y aún así hay días en los que ni tan siquiera nos vemos. Como para pensar en abrazarnos con la que está cayendo, ¿verdad? No sabría decir si soy una persona cariñosa o si, por el contrario, genero aversión a las demostraciones afectivas. Supongo que eso varía en función de lo que me despierta cada uno. Y viceversa. Antes de que llegase el covid, tenía la manía de tratar a mi madre como si fuese un peluche. Yo la niña pequeña que vive abrazada a él. Al fin y al cabo es lo que más quiero en el mundo. Suelo decir que es la cuerda que llega siempre al fondo del pozo. Mi madre es mi mejor salvavidas pero también es la verdad absoluta. Es, de hecho, la razón de que sea atea. Estando todavía en Maristas decidí que no tenía por qué creer en Dios porque la tenía a ella. Sabiduría, generosidad, bondad y amor infinitos. Que no se malinterprete, respeto absolutamente todas las religiones, es solo que yo tengo la mía. Durante el confinamiento me limité a seguir las normas y las distancias. Lo hice de manera mecánica y sin pensar. Después la cosa se mantuvo en el tiempo más por una cuestión de precaución y seguridad que por falta de ganas. O de necesidad. Porque hay muchísimas formas de expresar y de recibir amor, pero a veces hay que sentirlo en la piel para que surta efecto. Llevo ocho meses fingiendo que no pasa nada. Que no me he dado cuenta de que no me toca o de que le hablo a distancia. Haciendo como que no cuento los días para volver a abrazarla. Como si no me muriese de ganas de volver a la normalidad. Antes de todo esto, los abrazos con mi madre significaban «todo irá bien» y a mí ahora ya no me llega con los carteles en las ventanas. Cuando mi madre lo dijo en alto, hizo realidad la carencia. Las dos sentíamos lo mismo. Me sobrecogió y la eché de menos más que nunca, teniéndola a tan solo dos metros del sofá. Pero recordé por qué lo hacemos: para seguir estando juntas muchos años. Y entonces me valió como si fuese un abrazo.