Sin batería y a las once en casa

Es la primera vez en mi vida que el coche no me arranca, son las 22.15 horas y tenemos aplicado un toque de queda

Creo que conduzco genial. Es una de mis convicciones absurdas, de hecho. No porque sea mentira -conduzco bien, lo juro-, si no porque es cierto que voy siempre un poco... rápido. Y eso no es conducir genial. Sé que no está bien y cada día le piso menos, pero es que lo más común en mi vida es ir con prisa y, claro, qué le voy a hacer. Bueno. En el tema de la conducción me defiendo bien. Me da igual que sea una carretera nacional que un camino de gravilla, tiro para adelante, y creo que es porque aprendí a conducir en el pueblo. En mi caso en el más bonito de la provincia: Melias. Pero ya entraré ahí en otro momento. El caso es que todo lo que tengo de buena conductora, me falta de mecánica. A ver cómo lo digo para que se entienda. Sé menos del funcionamiento de un coche que de los protocolos de la NASA -muchas películas, sí-. Vale pues resulta que ayer salgo del gimnasio y mi coche no arranca. Al hacer contacto con la llave, del motor salía un sonido ronco -digo yo, porque de otro sitio no podía venir, ¿no?-, que se repetía unas cuantas veces, como un pequeño traqueteo. Mi coche no tenía ninguna intención de arrancar. Antes de nada llamé a mi padre. Más de cuarenta años trabajando en Faurecia le dan potestad para tomar decisiones sobre mi coche. «¿Dónde estás aparcada María?». Aquí, frente a unos contenedores porque no había ningún hueco cuando llegué. «¿Y dejaste el coche ahí así tal cual?». Claro, con los warnings puestos, como cada día. Silencio. Estoy segura de que mentón hasta el suelo. Y respuesta: «Está sin batería. Llama al seguro». Pi-pi-pi. Fin de la llamada. Alucinante, vamos. En primer lugar descubrir que las luces de emergencia gastan batería en el coche. Será evidente pero a mí nadie me había avisado. En segundo lugar darte cuenta de que poquito más de una hora y media es suficiente para descargar esa batería -resulta significativo que la de mi móvil dure por lo menos tres veces más, pero yo no digo nada-. Y en tercero, el coñazo de que son las diez y cuarto de la noche, el del seguro dice que en unos 40 minutos aparecerá el mecánico y a las 23.00 horas empieza el toque de queda recién estrenadito en Galicia. Pues risas. Muchas risas. Porque a mí cuando me surgen imprevistos chungos, las carcajadas me salen solas. Y además estamos de acuerdo en que problemas son otros.

Un tipo encantador -yo completamente sudada- apareció en menos de 15 minutos. Tiempo en el que me senté a tomar una caña en el Galaica. No bebo nada que no sea agua o infusiones durante los días laborales, y muchísimo menos al salir del gimnasio, pero mira, tampoco me suelo quedar sin batería en el coche en mitad de la noche -dramática-. La vida es así. El chico se bajó de la grúa, era de la empresa Álvarez -siempre fui de Laso porque es el padrino de mi amiga Carli-. «¿Qué pasó?». Pues que soy imbécil. Se rio, apiadándose. Abrió el capó, conectó una pincita a no sé donde y dijo: «Intenta arrancar porfa». ¡Venga adióoooos! Eso fue todo el drama. Dos firmas, un par de bromas más y quince minutos dando vueltas por la capital para que se cargase del todo. Me sorprendió que éramos muchos en la carretera a esa hora. Me hizo gracia y me puse a imaginar a personas volviendo a casa a toda prisa para no saltarse el toque de queda. Llegué a casa cuando faltaban tres minutos para las once. Aprendí mucho. Que las baterías de los coches son bastante tiquismiquis. Que todavía hay profesionales, como los de Grúas Álvarez, que hacen su trabajo de buen humor sea la hora que sea. Y recordé otro tanto. Que tengo un padre caralludo, se vistió al minuto uno de llamarle «por si te hacía falta». Y que la ciudad se ve preciosa desde la carretera de Castadón y por la noche. Y sin embargo, están consiguiendo que tenga ganas de escaparme de ella.

Puede comenzar la Navidad

María Doallo

Vuelven los turrones, los panetones y los piñones. ¿Qué tiene de tradicional este último?

El verano covid fue bien. Excesivamente bien para algunos, más tirando a justito para otros. Yo no me puedo quejar. A mí me encanta trabajar en los meses estivales, me siento más útil que nunca, la gente suele estar de buen humor y además cuando salgo todavía queda mucha luz por delante para disfrutar de las actividades culturales al aire libre que propone esta ciudad. Suelo ir a todas las que se me van planteando, la verdad. Las vacaciones fueron reguleras, para qué engañarnos. En septiembre la preocupación por lo que se venía empezó ya a ser palpable y la moral solo me dio para coger el coche y bajarme sola a Sevilla. Más bien a Osuna -es una horita más lejos-. Lo conseguí. Nervios mediante. Un par de listas de reproducción y un audiolibro de Agatha Christie -mi primera vez con esta modernidad de lectura que, por supuesto, no me gusta-. Tengo una familia ursaonense acojonante que me hizo pasar una semana libre de covid, libre de agobios, libre de males y llena de amor. El resto del mes fueron un puñado de días hábiles en los que actualizar las miles de trapalladas que habitualmente dejamos de lado. Algo parecido a lo de las listas de cosas pendientes con las que empezamos ocupando el tiempo en este encierro.

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