Hace ya más de seis meses que el coronavirus llegó a nuestras vidas y desde entonces las cosas han cambiado mucho. El día a día es ahora un no parar de renuncias: a los encuentros multitudinarios, a las celebraciones numerosas con nuestros seres queridos, a las salidas por la noche con amigos, a los viajes de larga distancia, a planear qué haremos en nuestras próximas vacaciones porque quién, cómo estarán las cosas entonces. Podríamos hacer un listado enorme de pequeñas decisiones que antes tomábamos casi por inercia y sobre las que ahora nos vemos obligados a reflexionar. ¿Merece la pena hacerlo? ¿Será seguro?
Y todos, salvo algún irresponsable que se aferra al negacionismo, o al idiotismo, nos hacemos cargo de la situación. Afrontamos con resignación que son tiempos de renuncia porque creemos que, si lo hacemos bien, quizás en unos meses podamos recuperar algo de lo que nos hemos ido dejando en el camino, aún sabiendo que las cosas ya nunca serán igual.
Pero otra cosa es aceptarlo todo. Y es que poner como excusa la situación actual para recortar servicios en una provincia en la que ya andamos escasos de todo es algo que no se debe tolerar. La supresión del primer tren de la mañana entre Ourense y Santiago ha obligado a muchos ciudadanos a buscarse la vida para ir a la capital gallega a trabajar, estudiar, o a lo que sea. Y mientras esto pasa nuestros políticos andan en sus guerras, consintiendo el enésimo golpe a un territorio discriminado, olvidado, paralizado. Por mucha «nueva normalidad» que haya, algo así no se puede permitir.