Descubrimientos del coronavirus. Los aplausos no están mal pero no son imprescindibles. Esta semana tuve que ir al hospital a una consulta de ojos. Da mal rollo entrar en el Santa María Nai, siempre lleno de gente, estos días anormalmente vacío, como si fuese un edificio fantasma. De tener cien números por delante para pedir cita a ver el vestíbulo vacío. Casi mete miedo. Los asientos, normalmente a rebosar, inquietantemente vacíos con un cartel que indica que dos de cada tres no se pueden usar, para mantener la distancia de seguridad. En la consulta de al lado escucho una voz conocida, que anima aunque estés en un lugar que en plena pandemia te genera como mínimo nerviosismo. Atiende dinámica a un chaval, mientras le da un consejo a su madre, y se preocupa de otra paciente a la que le ha dado un bajón de tensión. Cuando acaba, no lo puedo evitar. Y hago lo que hace tiempo no hubiera hecho ni de broma, en plan viejuna. «Doctora, hace nueve años me atendió cuando estaba embarazada de mellizas y tenía una inflamación en los ojos. Solo quería decirle que me acuerdo de usted desde entonces, porque me atendió muy bien, y que esa de ahí es una de mis niñas». Aún con la mascarilla y la pantalla, y a dos metros de distancia, veo que se sorprende. Se excusa porque ella no me recuerda a mí (¡normal!), le dice a la niña que la conoció cuando estaba en mi barriga, se refiere a la situación que estamos viviendo con unos cuantos suspiros y finalmente se sincera: «Me has alegrado el día». Los aplausos no están mal pero no son imprescindibles. Solo hay que ser normales. Y amables. Gracias doctora.