Ramón Conde: los hijos del Capitán Trueno

El artista ourensano es todo un referente internacional en el mundo de la escultura


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Ramón Conde, escultor del exceso y la abundancia, experimenta con el barroquismo cerrado de las formas en la hipertrofia de los cuerpos sometidos a una tensión expresiva, de energía ilimitada y vitalismo exultante, con un diálogo conceptual entre la idea y una potencia de energía sobrehumana que consigue arrancar de la materia, sea hierro, barro, bronce o resina texturizada. Sorprende su versatilidad en los temas desde lo popular como La Lechera, una de las obras más queridas y fotografiadas de la ciudad de una serenidad heroica en la dignificación del trabajo, presente ya en otras de sus obras públicas, Rederos, de ciclópea monumentalidad y una sensibilidad y dulzura revolucionaria o en las paternidades donde a escala humana la musculatura vence a la masa con el cuerpo como amparo y refugio.

Una revisión del modelo tradicional establece una paradoja entre clasicismo y anticlasicismo en sus formas dilatadas en torno a una tensión y torsión expresiva y una frontalidad totémica y severa que remite al Kourós y distancia y profundiza en la carga psicológica de la mirada, la importancia del discurso más allá de lo anecdótico. Reivindica el proceso lingüístico vinculado a la obra, contextualizándola en un presente cargado de pasado y futuro incierto en la ficción que plantea a través del personaje.

Experimenta extremando las reacciones emocionales como una forma de canibalismo voraz a través de las relaciones humanas sobre una serie de antítesis: agresión, indefensión, ternura, agresividad, pasividad, erotismo, fiereza y deseo. Dentro de su iconografía personal pueden distinguirse dos niveles de introspección. En las hercúleas esculturas con trasfondo de retrato, hallamos el sustrato del alter ego vinculado a la representación formal de la fortaleza física en las colosales anatomías de terribilitá miguelangesca que definen masculinidad y vigor evidenciado por su desnuda rotundidad, definición de la dominación.

Estas formas de poder monumentales son la personificación del concepto nietzscheano del origen del superhombre identificado con el líder y la extraña relación de poder y sometimiento sobre el otro. Imagen de la deshumanización con figuración humana del estado putrefacto de nuestra sociedad empeñada en crear líderes sin capacidad ni talento para ser seguidos incuestionablemente por un pueblo privado de pensamiento crítico. Fábricas de elaboración de mecanismos de represión camufladas por el consumismo y otras estructuras de poder que van más allá de lo ideológico y son asumidas y aceptadas sin el juicio de la duda. Este planteamiento que personifica una superestructura opresiva se observa en obras como El ideólogo por la férrea seguridad y aplomo de su gesto, la arrogante introspección que proyecta la figura sobre las demás esculturas cuya abnegación muestra un mundo interior convulso, deformado por una amalgama de pasiones, complejos y frustraciones que se evidencian a través de la captación psicológica de las miradas y del lenguaje de los cuerpos, siendo parte y todo de un conjunto gregario. Proteico, plantea una reflexión sobre la presencia del individuo y su identidad emocional en la sociedad.

El segundo nivel de introspección y más profundo es el dominado por la conocida iconografía de las formas expandidas, la exuberante orografía de las formas gordas o estructuras concebidas como montañas, arquitecturas estructurales de opulencia extrema. Próximas al sueño o a la pesadilla, se metamorfosean como fluidos como concreción de una idea a medio camino entre el sueño y la vigilia, explosivos o implosivos, son formas elásticas de sublime equilibrio torturadas o monstruosas siempre fascinantes con esa dualidad tan fieramente humana, bisexual, atemporal e identitaria, metáfora obsesiva del autor. Pigmalión y Galatea como una monstrualización del deseo, formas que transportan a Freud y Kafka y otros mundos oníricos.

La fisicidad, el ritmo del arabesco sobre sus masas tectónicas y titánicas de sorprendente ingravidez en su grávido equilibrio, y el abandono de los cuerpos, un juego de tensiones y laxitud, la teatralidad del phatos bizarro y asfixiante de Pesadilla que abandona los principios de mesura en un canon deliberadamente corto en el (des)orden de lo excesivo. Voluptuosidad y erotismo en una revisión del cuerpo femenino Rubeniano en formas gesticulantes, una galería inquietante de seres monstruosos, imperfectos y absolutamente fascinantes encerrados en las metamorfosis de sus cuerpos, corporeizando lo inconsciente. El maestro Ramón Conde, referente internacional en el campo de la escultura.

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