Y ya casi no se aplaude


Los aplausos de las ocho ya suenan más bajito esto días. O directamente no suenan. Hace dos meses nos echamos a aplaudir a los balcones con el pretexto de agradecer el trabajo primero de los sanitarios, después de todos los que se encargaban de que todo siguiera en movimiento mientras nuestro mundo se paraba. Pero quizás debamos reconocer que también lo hacíamos por nosotros. Cuántos no decían, al meterse de nuevo en casa, que les resultaba un desahogo, una motivación, una cura, una inyección de ánimo... Era la forma de conectar, de sentirnos cerca, de intentar buscarle sentido a nuestro encierro. Pero sabíamos que la burbuja se hincharía, se hincharía, brillaría como una gran pompa de jabón y acabaría explotando. Normal, no podía durar para siempre. Como no durarán las lecciones que supuestamente nos ha dado la pandemia y que algunos ni siquiera se molestaron en estudiar... como para recordarlas cuando el tiempo pase.

Tuvimos ese momento de gustarnos a nosotros mismos, de presumir de ser una sociedad solidaria, concienciada, obediente... Algunos auguraban que cuando todo esto pasase seríamos mejores. Todavía no pasó y esa teoría, creo yo, ya ha saltado por los aires. Somos y seremos mejores en lo que ya éramos. El egoísta será más egoísta, el maleducado lo será aún más, el buen tipo quizás rice el rizo, el sensato tendrá más razones para serlo. Pero no saldremos de aquí como una sociedad ejemplar porque no lo somos, no lo éramos. Aunque tengamos nuestros momentos.

Si hay que hablar de cambiar solo tenemos una esperanza. La de los miles de niños que se han quedado en casa y cuyo futuro y presente han parecido, durante semanas, secundarios. Como si no fuesen los actores protagonistas. Hemos tenido la oportunidad -y la tendremos hasta que vuelvan a las aulas- de tenerlos más cerca más tiempo. Y pesa sobre nuestros hombros la responsabilidad de que, ellos sí, sean mejores. Que salgan de la experiencia más sabios, más fuertes. Por eso hoy, aunque ya no haya aplausos, yo doy palmas por los profesores que consiguen estar cerca aunque estén lejos y que además de tareas le mandan ánimos. Por nosotros, los padres, que bien o mal, hacemos lo que podemos. Y por ellos claro. Ojalá sean mejores.

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Y ya casi no se aplaude