El punto débil


Era cuestión de tiempo que el maldito virus encontrara nuestro punto débil. La alarma se disparó al principio de la crisis sanitaria en Ourense por un brote en un colegio de la ciudad. Pero todos sabíamos, más allá de la angustia que genera a cualquier padre que su hijo pueda tener cualquier dolencia, que eso eran balas de fogueo. Que el arsenal estallaría por los aires cuando el COVID-19 llegase a una residencia de ancianos. Era cuestión de probabilidad que sucediese, en una provincia tan envejecida como la nuestra, que el coronavirus descubriera nuestro verdadero punto débil. Y lo hizo en Celanova, como pudo ser en cualquier otro punto de la provincia. Las imágenes de las cuidadoras saturadas suplicando ayuda para atender a los residentes eran dramáticas. No le iban a la zaga la de los ancianos recluidos en sus habitaciones mirando por la ventana todo el revuelo mediático que se había generado. No me quiero imaginar qué se les pasaría por la cabeza en esas tensas horas de espera hasta saber el resultado del test.

En su franja de edad, un positivo es un drama. Los mayores son los que han apuntalado el estado de bienestar y desde luego no se merecen esta angustia. Cualquier error que se cometa en la gestión de esta crisis sanitaria repercutirá directamente en ellos y no lo podemos consentir. También es cierto que ellos tienen que poner de su parte. Cada vez que bajo a la calle por estricta necesidad siempre me sorprendo que gran parte de la gente que está en la calle es mayor. Son, precisamente ellos, los que menos tienen que salir. Son ellos, precisamente, por los que todos tenemos que quedarnos en casa.

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