He aprovechado los últimos dos días para empaparme de otoño, de este sol espectacular que no calienta, pero alivia, y de Ourense. De la belleza de los infinitos rincones que componen esta provincia. Hace poco hablaba con alguien sobre el afán de viajar que hay hoy en día. Cada vez más lejos y con más frecuencia. Entre las personas que sigo en Instagram al menos tengo quince que en estos momentos están disfrutando del verano en un país paradisíaco. Me decía este alguien: “Pero después no conocen Soria”. ¿Y su ciudad o su provincia? ¿Conocerán esos ourensanos por el mundo San Pedro de Rocas, A Veiga o Santa María de Melias? ¿Habrán estado en los Balcones de Madrid, recorrido las pasarelas del río Mao? O, simplemente, sabrán lo que se ve y cómo se respira desde el puente romano de A Lonia o desde el jardín botánico de Montealegre, a escasos cinco minutos del centro de la ciudad. Es posible que sí. La verdad es que pienso que la mayoría no. Está genial que puedan llegar a lugares tan lejanos, tan diferentes y atractivos. Que quieran inundarse de otras culturas, conocer gastronomías exóticas y escapar del frío y de la rutina. Solo quiero recordarles que aquí a veces también sale el sol. Y que aún así tenemos paisajes dignos de ver bajo la lluvia. Que volar, viajar y llegar lejos está fenomenal. Pero de vez en cuando es importante que dejemos de mirar para ver la naturaleza que tenemos delante, que descubramos el patrimonio que construye el lugar en el que nacimos. Que prestemos atención y nos dejemos maravillar por la tierra que pisamos. Y que respiremos profundo, estando en casa.