Tristeza. Es lo único que me puede producir lo que sucedió en O Couto el pasado domingo. Y a estas alturas casi todos sabrán que dos periodistas acusan a Ramón Dacosta, presidente de la UD Ourense, de agredirlos en la zona de vestuarios.
Vaya por delante mi solidaridad con Pepe Garrote y José Luis Díaz porque, más allá de cualquier corporativismo, ninguna persona debería ser agredida -física o verbalmente- y menos en pleno desarrollo de su trabajo. Ya se lo he transmitido personalmente a Dacosta. Así no, Ramón. Y lo digo como lo siento, porque aún es más desalentador que un hombre -y deportista-, defensor de valores que todos respetamos, se deje llevar por un momento de calentón. Es trabajo de todos apelar a la cordura y no dejar que situaciones de este tipo se repitan en un templo del balompié ourensano, como el del viejo estadio.
Después de escuchar con atención las versiones de ambas partes, lo cierto es que son diametralmente opuestas, así que la Justicia deberá discernir en última instancia cuál es la causa probada. El presidente ourensanista sí reconoció, en todo caso, que sus formas no habían sido idóneas y, aunque quizás tarde, terminó por lamentar su comportamiento, aunque sigue desmintiendo la agresión física. En su derecho está.
Ellos sabrán, porque además los testigos parecen reservarse a posterior oportunidad. Hablan de motivos personales, atenuantes o agravantes. Se habla demasiado. Pero la cuestión es evitarlo. El fútbol es un juego y la pasión que lo rodea tiene diques que se deben fortificar. Contra la violencia, tolerancia cero.