«Le recuerdo entrando el primer día por la puerta con su infinita carpeta desbordada de papeles bajo el brazo». La columna de Isaac Pedrouzo
23 nov 2019 . Actualizado a las 05:00 h.Él nunca entendió mi manía insolente por tener siempre razón.
A los 15 años uno no discierne entre el raciocinio y la sensación caduca de poder que te concede el sudor arrogante de la pubertad.
Ese que huele recio, algunas veces mal.
Le recuerdo entrando el primer día por la puerta con su infinita carpeta desbordada de papeles bajo el brazo. Con su pequeña chepa de hombre bonachón que vivió encorvado pero al que nunca consiguieron agachar. La legaña escondiendo un extraño azul en los ojos.
El jersey granate lleno de bolas en los codos y la camisa blanca que, es probable, sintiese la plancha solo en las zonas que permanecen visibles.
Los puños, la honradez, el cuello. Se sentó como el que padece de malas pulgas, en el humor quiero decir; golpeó la mesa violento, advirtiendo, marcando territorio. Y pensé que estaba bien, que al menos no había levantado la pata para hacer pis al pie del escritorio presidencial.
Fui su primera víctima. Mi longeva costumbre por llegar siempre el último a las citas ya solo me había dejado libre un pupitre en primera fila. Y sin escapatoria aguanté digno sus embestidas.
Él arrastraba los pies de lado a lado casi dejando un cerco en el suelo delante del encerado, y cuando la atención se perdía volando entre las hormonas, volvía a golpear con la mano allí donde estuviese. A veces golpeaba cerca, deshaciendo mi flequillo, algunas lejos, haciendo vibrar el boli bic sobre el libro de literatura. Yo le rebatía cualquier lección con argumentos estúpidos y presuntuosos, por el simple hecho de discutir, porque a mí -y como a muchos otros- la educación y la literatura solo me servían para estar lejos de casa.
Lejos de casa no siempre es cualquier sitio. Le mentía. Si le decía que era judío me hablaba en hebreo. Y si le contaba mi manera de aborrecer a García Lorca él me contaba las historias fascinantes que atrapan detrás de las páginas.
Pero le negaba, era yo quien debía tener siempre la razón. Estúpido adolescente engreído y conocedor de… nada.
Nunca lo entendió, porque dudo que él creyese ni un ápice en la maldad humana de quien desmorona por el simple hecho de ver algo caer. O porque, en algún momento, encontró algún tipo de reto o razón lógica para enderezarme.
Entendió que a mi edad había que cambiar a Cervantes por Kundera, compensar el grito para hacerme sentir menos inútil, aunque esto último no lo consiguió del todo. Y la fachada impoluta y autoritaria se desinflaba tras cada golpe de cada día. Y su barba frondosa ya solo parecía una barba. A pesar de que nadie más que yo se diese cuenta en realidad.
A Manuel Blanco, que así se llamaba, siempre lo vi solo, aunque me niego a pensar que lo estuviese, porque entonces el mundo ya me parecería más injusto y peor de lo que es.
Me pregunto algunas veces si todavía conduce aquel pequeño coche rojo de tres puertas donde apenas le cabían las piernas. Si está solo, si le habrá salvado la vida a algún otro Isaac.