Dejé de ir a New York hace ya algún tiempo. Iba casi todos los días, cargado con todos los dramas que causa el amor de segunda mano. Iba a pesar del efecto secundario que me provocaba el café inservible y abrasador.
Pero New York fue el sitio donde decidí que no iba a quererla, aunque lo intenté.
Dejé de ir por el miedo a encontrarla allí, en el piso de arriba, lugar sombrío de luz amarilla que servía como refugio para los juegos ingenuos por debajo del jersey. El miedo a verla con otro sentado en mi lugar. En mi silla, la que siempre cojea del lado derecho. Deshaciendo la forma de mi culo que el cojín azul ya había adoptado sumiso. La música de sala de espera. Los churros rancios. La pajarita acusatoria del camarero.
Decidí cambiar de cafetería. Ser valiente nunca estuvo en el guion.
Probé un par de portales más allá de New York. Dos portales es la distancia aproximada que separa una cafetería de otra en esta ciudad.
El primer intento fue inútil, el volumen ensordecedor del televisor amenazaba con ritmos latinos incluso antes de abrir la puerta. Que si un pa’lante María y otro señor que le decía a una tal Salomé que se arrimase un poquito más.
Avisté en la acera de enfrente otro nombre de gran ciudad: Niza. Me atrajo su sonoridad, casi poético, armonioso y, mientras caminaba firme con las manos atrapadas en los bolsillos, pensé en todas aquellas veces en que la rutina se me había atascado por dentro. Un cartel escrito a mano desbarató toda mi fe. Cerrado por descanso del personal.
Quise volver a New York.
Quise quererla, de verdad.
Pero todas las cafeterías ya me parecían inservibles. Casi como yo mismo. Un poco más allá, traté de dejarme embaucar por el aroma febril del perfume que las señoras de abrigo de piel emanaban desde el Cuatro Postes. Me sentí observado, codiciado incluso, y la silla mullida y apta que no cedía. El café dulce y anárquico. El cardado libidinoso.
Pensé en volver, sepultado bajo mi propia decisión, rendido ante mi testaruda y extravagante postura en toda esta historia. Ante el odio reciente e irreversible por todas las cafeterías. Por New York, por Niza, por mí. Busqué la solución en el sofisticado -y a veces previsible- jazz del elegante café Latino, en sus mesas de mármol blanco e impasible. En la rigidez de sus sillas de madera empeñadas en que mi trasero no tenía ningún derecho a la comodidad. El remedio tampoco estaba en sus tostadas. Ni en mi escasa capacidad de reacción.
Cuando el día se empeñó en no ser perfecto, Frank me recordó desde el pobre altavoz que alguien había colgado de manera provisional, que las tristezas de este pueblo están desapareciendo, también las cafeterías.
Y como tristes ya hay muchos recorrí el camino ya andado hasta New York.
Ella no estaba. Él tampoco. Es probable que, como yo, quisieran cambiar de cafetería.
Me senté en mi silla coja de siempre y me alivié porque, en realidad, yo no quería quererla, pero lo intenté.