Las flores que ya no están


Durante muchos años la corona siempre estuvo allí, en la curva, colocada en la valla de la carretera. Cada vez que pasaba en coche me fijaba en ella e imaginaba a una madre que había perdido a su hijo en un accidente de tráfico y nunca había podido olvidarlo, cómo hacerlo. La veía volviendo cada cierto tiempo al lugar en el que su vida había cambiado para siempre y colocando las flores, para mantener viva la memoria de su ser querido, y quizás también para advertirnos al resto de que esa curva podía llevarse más vidas.

Las flores ya no están. En la valla de la carretera ya no hay nada que recuerde aquella tragedia y ahora pienso, claro, en qué habrá pasado. Tampoco he visto este verano al hombre que, a última hora de la tarde, se sentaba sobre una piedra junto al arcén de esa misma N-525. Aprovechando las últimas horas de sol se acomodaba para ver pasar los coches, a veces saludando a los conductores que pasaban.

Supongo que las dos historias tienen el mismo final y que ambas son un reflejo de lo que pasa en esta provincia, ese territorio en el que, año tras año, van desapareciendo los habitantes de los pueblos. La triste realidad de la despoblación, con sus historias personales. Porque no hay vecinos que reemplacen a los que van desapareciendo y, si seguimos a este ritmo, en unos años Ourense será una provincia con decenas de pueblos fantasma, de municipios con parques infantiles para los que no habrá niños, con auditorios sin público o centros de salud para los que no habrá enfermos. Eso ya está pasando, y no hay indicios de que alguien se proponga de verdad frenarlo.

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