El reino del viento

El existencialismo orgánico de Sucasas. en el Centro Cultural Marcos Valcárcel


ourense

«No hay arte abstracto. Siempre debes empezar con algo. Después puedes eliminar todo rastro de realidad», Picasso.

El centro cultural Marcos Valcárcel presenta la exposición de carácter retrospectivo O reino do vento, reconocimiento póstumo al universo sucasiano y a su caligrafía plástica.

Existencialismo retórico en la experimentación de las formas naturales, orgánicas y vitalistas cuyas sombras horadan y facetan explorando formas vegetales cóncavas y convexas que remiten bidimensionalmente a Moore, Hepworth y a los dibujos más abstractos de Faílde coincidiendo en misterio e implicación del espectador y una exploración de la forma y el hueco, tomando como espacio vacío las sombras que contrastan con las masas cromáticas como elemento sólido y estructural. Podría decirse, por tanto, que Sucasas expresa su pintura con la visión tridimensional de un escultor, a través de los volúmenes, este efecto se aprecia de manera considerable en el elemento vegetal de Follas, I, III, VI, VII, Pranta, Carballeira da Barcia y Carballeira das Casianas, localizaciones de su Lalín natal.

Paisajes orgánicos, luminosos y expresivos con abruptos cambios de perspectivas, fundamentalmente frontal y axonométrica. Disyunción formal casi cubista en el facetado de los planos y la estructuración de los volúmenes con una severa reducción de la imagen a lo esencial. Composiciones dominadas por un ritmo vitalista y temperamental que remite a los planos vertiginosos de Kirchner. El estilo de Sucasas hunde sus raíces en el Expresionismo que enfatiza la tensión del trazo.

Explosiones, cúmulos y torbellinos de color, concreciones de vitalidad apasionada, rompiendo con la energía de Fautrier las fórmulas tradicionales.

El color trasciende su capacidad expresiva como valor pictórico autónomo que estructura el espacio. El color avanza y retrocede a través de las configuraciones de las formas, consiguiendo, como Marc, una disolución de las mismas con un primitivismo consciente de perfiles ondulantes y abruptos.

El paisaje, la naturaleza, se expresa mediante los matices de una paleta vibrante. Aproximaciones de lo orgánico a lo abstracto a través de la pulsión nerviosa del gesto que impresiona el lienzo mediante la violencia del trazo.

Mutaciones vegetales, troncos retorcidos como muñones, mástiles en tierra que tienden, como hojas, las velas al viento en un sentimiento de libertad que se expande como un grito en el océano, influido por la exuberante vegetación que conoció en América, lugar donde comenzó a expresarse a través de esa Naturaleza exultante de vida, frondosa, violenta y existencial de su estancia en Brasil en la década de los 60. Es esta filigrana figurativa sin presencia humana la que lo sitúa en una experimentación del color con energía abstracta y paradójicamente corpórea y orgánica próxima a Natalia Goncharova y a la etapa final de Hans Richter, de influencia cubista de Mario Sironi y efervescencia surrealista de corte Brechtiano que traslada a la superficie de la obra y a su estructuración figurativa con valores conceptuales y emocionales. Como señala Mercedes Rozas, se aproxima a lo grotesco o irracional, al esperpento de Valle Inclán.

Es en la figuración donde ese primitivismo mítico, literario y panteísta se vuelve más misterioso e inquietante y sin embargo, luminoso a pesar del trazo negro de contorno, aristado y expresionista en el tema de la máscara y el carnaval que transporta a Ensor y Grosz en la dislocación de Beckmann, el análisis irónico de Dix y en la angustia desgarradora del hombre contemporáneo con la estilización trepidante y la crudeza figurativa de Francis Bacon como un ligero vibrato de los gestos elocuentes y una objetividad exultante en maternidades gozosas, vigorosas de formas redondeadas y arabescas de un Románico gallego, emparentadas con Laxeiro con alusiones en el paisaje al mundo rural.

Costumbrismo con personales estilizaciones neorrealistas en Baile na Lanzada donde el coro de bailarines traslada al recuerdo de La danza de Matisse y Ofrenda na Lanzada cuyo tratamiento del desnudo remite a Mujeres corriendo por la playa de Picasso enraíza en la tradición popular.

El facetado y la descomposición de los volúmenes en armonías abstractas lleva a Cezánne en Xogadores de cartas.

Cabe destacar los carboncillos a modo de bocetos o apuntes de músicos y danzantes y los interiores claustrofóbicos de Mujeres y bar, así como el tema de los trileros, haciendo cómplice del engaño al espectador y los bodegones, símbolo la fruta de erotismo y juventud.

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