Nunca he sabido caminar de la manera correcta. Poner un pie primero y el otro después no siempre resulta una tarea sencilla, mucho menos en mi ciudad y sus miles de adoquines falsos. Los que te salpican traidores los tobillos los días de lluvia. Odiosa jugarreta inesperada. Y volver a casa a cambiarte, a veces por otro. Pero caminar no es fácil si no sabes como.
Yo solía hacerlo con la mirada clavada en el suelo, como si mintiese al andar, librándome así del tropiezo con algún obstáculo, conmigo mismo, y a menudo renunciaba imprudente a todo lo que sucede alrededor. Aunque el alrededor solo fuese el ruido desafinado de todos los tubos de escape. Aprendí a alzar la vista por la urgencia de la sexualidad. La sexualidad puede embaucarte sin aviso.
Una noche en que la atención se pierde entre absurdos sin sentido, la ineludible necesidad de alargar las horas esperando que algo extraordinario suceda de pronto me hizo arrastrar los pies hasta un after. El camino era una línea recta. Una línea recta no siempre es el recorrido más corto.
La farola que siempre se apaga cuando me siente pasar cerca avisaba del pis independiente y autárquico que ataca cuando le viene en gana. Saludé a los Ramones -unos Cabanillas y Valle Inclán en forma de grotesca silueta gigantesca de hierro- decidido a vaciar mi vejiga sobre sus pies. No fui capaz de bajar todos los nudos de la cremallera del pantalón, cosa que alivió a una pareja adolescente que allí se besaba bajo una chaqueta de entretiempo. Seguí adelante buscando uno de todos esos rincones que la ciudad guarda en secreto.
Como el banco que esconde la plaza de San Antón. Como tu portal en la Lonia. Y allí, frente a un reparador de calzado que, burla o azar, tenía mi nombre en el letrero, unas escaleras subían tímidas y desamparadas a ninguna parte. Pese a que ninguna parte en realidad no exista.
Recordé que mi pantalón no tenía cremallera sino botones y subí aliviado los 15 escalones. Todo estaba muy oscuro. Al menos para mi estado embarullado. Y mirando el ruido del pis contra el suelo de piedra sentí justo detrás un forcejeo. Leve, lento pero ascendente.
Me giré sin haber terminado mi propósito y los vi. En el suelo de aquel rincón con olor a lavabo mi amigo Julio y mi amiga Geno se embestían el uno al otro sin apenas acertarse entre sí, apuesto que por no acertar ni siquiera le acertaron al sexo. Los gemidos sordos, los ojos abiertos que ya ni miran.
Absorto, la reacción se me enredó con el asombro y me quedé inmóvil, mirando.
Reaccioné al cabo de unos segundos y sin el miedo de la cremallera ante la prisa salí urgente.
Seguí la acera en postura temblorosa pero perpendicular a cada portal, al paso del desfile colectivo de los noctámbulos alegres, con la mirada atenta mientras al fondo un luminoso que ponía CAPITAL me invitaba a entrar casi sanador. No volví a bajar la mirada al caminar y, mucho menos, a ningún rincón secreto de la ciudad.
Caminar no es fácil si no sabes como.