Las virtudes de la vergüenza


En días como hoy hay quien se lamenta de que se haya perdido la ilusión. Y es que la ilusión mola mucho. Pero igual que tiene la capacidad de inflarse como un globo, revienta y se queda en nada. A mí más que la pérdida de la capacidad de ilusionarse me preocupa que se nos escurra la capacidad de indignarnos. Me inquieta que anestesiados, descreídos, cansados... ya no nos queden ni fuerzas para protestar o para quejarnos cuando realmente parece necesario hacerlo. Otro síntoma que resulta preocupante es que dejemos de avergonzarnos. Dicen que el miedo es lo que ha permitido al ser humano sobrevivir, mantenerse a salvo. Yo creo que la vergüenza es lo que le permite al hombre vivir con dignidad, mantenerse a flote. Toda esta filosofía particular se me dibujaba estos días a cuenta de las comisiones de la Diputación. Sorprendidos por la duración, por escasa, de algunas de ellas, La Voz de Galicia repasó las de todo el año para concluir que más de la mitad de las celebradas en el 2018 duraron menos de diez minutos. Y por ellas los diputados (de todos los partidos) que no tienen dedicación exclusiva cobraron 140 euros. Algunas, como si fuera una burla, apenas superaban los treinta segundos. Cualquier persona que cobre por hora (con lo que es probable que tenga una situación laboral precaria) puede atestiguar la desproporción de una remuneración de estas características. Pero quienes deberían escandalizarse (los del PP que luego critican el criticable viaje en Falcon de Pedro Sánchez; los de la oposición que censuran a Baltar por sus viajes o que ponen en duda la misma existencia de las diputaciones), quienes deberían avergonzarse (los que se llevan el dinero calentito, solo por sentarse), se quedan callados. Se agarran al reglamento, se parapetan tras una supuesta demagogia o simplemente no saben no contestan. Como el propio presidente de la Diputación, José Manuel Baltar, al que se le llena la boca hablando de transparencia pero al que se le cierra cuando se le pregunta por una situación tan delicada en la institución que preside.

Yo quiero escandalizarme. Yo quiero avergonzarme. Porque si no parecerá que estamos muertos. Y les dará igual seguir riéndose de nosotros. Salvo por los votiños.

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