Caritel, dos calles más allá


Decidí nacer en un momento equivocado. Venir al mundo es uno de esos planes que no siempre resultan como traza el guión. Gila, por ejemplo, decidió nacer en su casa, él solo, aprovechando que su madre había salido a pasear. Creo que yo escogí contagiado por esta calma insaciable para todo, por el bienestar cálido del útero y sobre todo porque allí dentro ni siquiera era necesario masticar, no había que escoger

vestuario y tampoco madrugar.

Y es por eso que nací tarde, más tarde de lo que me hubiese gustado, y me perdí algunas cosas por decidir mal. Llegué al mundo justo en ese momento en que las normas las dictaban los mismos que horas

después se las saltaban, y aquella época atolondrada sin horarios ahora se me antoja ficción influido, quizás, por mi perspectiva de niño ingenuo y feliz. Condicionado por no haber querido nacer algunos años atrás.

Cuando llegó mi adolescencia y ya me había terminado el catálogo entero del onanismo, todos esos sitios de fama seductora y legalidad cuestionable de los que mis mayores hablaban hasta la sequedad de boca apuraban su propia jubilación. Anticipada incluso.

El caso es que existía un hincapié nostálgico, romántico, cargado de batallas y música de fondo sobre un sitio llamado Caritel. Sin pronombre. Sin género.

Estaba en unas galerías, del lado del río donde sucede casi todo, pero lejos del centro, aunque en mi ciudad dos calles más allá significa lejos. Cerca del barrio de las Lagunas, nombre que sugiere por sí solo una imagen de lugar desolador. Justo al fondo escoltada por una librería y la

mercería Celsa, dos puertas paralelas daban acceso a la sala, un espacio rectangular donde un pasillo ancho en su medida justa separaba barra y escenario.

Las historias hablan de como Los Planetas, con su primer Ep, vaciaron sin mucho esfuerzo el local mezclando ruido y ejecución amateur una noche a las 3 de la madrugada, porque al parecer, en Caritel no importaba la hora sino solo ir.

El lavabo de hombres, a medio camino entre las cervezas y las guitarras, te permitía ver a través de un cristal como, sobre la tarima, Doctor Explosion se desnudaban en plena canción mientras tú te concentrabas en hacer el pis.

Me perdí a Mano Negra, Burning, a Los Flechazos, no vi como los Sugarfree amenazaban con golpear fuerte más allá de Benavente y la realidad bañada en tubos de cerveza de una época y una generación empapaba todo el ambiente.

El teatro, la escena, el sexo en los baños.

No viví todo eso por mi tonta decisión de esperar para nacer y se me hizo demasiado tarde.

Traté de aliviar esta curiosidad juguetona visitando Caritel algún tiempo después de que Sergio cerrase la puerta, no sé qué esperaba encontrar, quizás alguna vieja foto, alguna entrada de Sex Museum entre cajas llenas de botellas vacías de cerveza. Pero allí solo había olor a retrete y algunos restos de sabor a madrugada.

Hice mi propio camino, eso sí, dos calles más allá, donde ya significa lejos.

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