Hace algunos días que echo de menos el bar de abajo, concepto universal e imprescindible.
El bar de abajo en realidad es un bar que ni siquiera nos gusta del todo, su olor a viejo, el baño que nunca funciona, la maldita mesa que cojea por las cuatro patas y la foto gris sobre la cafetera de aquel equipo de fútbol local que ya no existe. Es posible que ni siquiera haya supervivientes.
Los recuerdos en blanco y negro que nadie quiere recordar.
Mi bar de abajo era el mejor bar.
Quizás la estrategia, o tan solo la casualidad, quiso que estuviese justo delante del instituto al que jamás fui durante aquel año del invierno eterno en que traté de escapar de algunos fantasmas.
Se llamaba Compango. Al menos al principio.
Estaba teñido de marrón, las ventanas, la puerta, su trozo de acera, y un calor infernal te sacudía antes de entrar, avisando, sincero y sin engaños; a la derecha alguien desgastaba siempre la vida en la máquina tragaperras, ese juego inteligente que te desespera con pequeñas victorias haciéndote creer vencedor aún sabiendo de antemano que nunca te dejará ganar. Los golpes, más monedas, la musiquita que hipnotiza, el cigarrillo consumido justo al lado del anterior. Y del anterior.
Sentado sobre un taburete también de color marrón, un octogenario con la tos eterna contaba las mismas historias día tras día gesticulando furioso con el vaso de licor, justificando el pañal, el poder mear en cualquiera parte, vestido y sin esfuerzo. De pie, sentado. Falta de aceptación y olor a retrete a cuestas.
Detrás de la barra un hombre de mediana de edad -aunque todavía no sé como narices se miden los años de las personas- con la calvicie debajo de una gorra y la calma como modo de vida te atendía serio, impasible ante la sonrisa y el por favor. Acumulaba papeles por todas las esquinas, todavía sumaba haciendo las cuentas a mano, la misma suma con resultado distinto cada día. La mandíbula inferior hacia delante, la espalda hacía atrás.
El matamoscas se sumaba a la banda sonora original del lugar cada vez que un insecto moría anunciado por el pequeño zumbido eléctrico.
En la cocina, su mujer y su hija, a las que a veces me costaba distinguir, preparaban bocadillos a ritmo frenético, y entre marañas de humo y aroma a fritanga, salían mitad sonrisa mitad agotamiento a saludar en silencio, tratando de no interrumpir a la señora del chándal y los tacones que se escondía detrás del vino barato y el volumen del televisor. Detrás de la barra de pan, del programa del corazón.
Yo solía bajar los domingos por la tarde. Tabaco, dos cervezas y un bocadillo de pechuga. Con salsa, la salsa era el secreto de mi bar de abajo. La felicidad a veces cuesta tan solo un puñado de euros. Yo miraba atento alrededor, con la caña mal tirada y el periódico de antes de ayer, escuchando a los personajes que alargan el día y se olvidan de alegrarlo.
Le han cambiado el nombre, pero he oído que la salsa sigue haciéndola el mejor bar de abajo.