Las abejas

Luis Gulín EL DESCORCHADOR

OURENSE

Durante una semana de estancia en tierras germanas fueron mis acompañantes permanentes. No había ninguna actividad al aire libre en que no estuvieran sobrevolando tu cabeza. La mesa en que estabas comiendo o cenando era una constante pista de aterrizaje y despegue de las fuerzas áreas apícolas y tomando un café o una cerveza ya era misión imposible. Las abejas este año fueron una auténtica plaga para los alemanes y dado que tienen desde el mes de junio un verano tropical, no

había manera en deshacerse de ellas. Y tampoco se les ocurra dar algún manotazo o estamparlas con un periódico o revista, al menos en público.

Inmediatamente tiene usted las fuerzas del orden rodeándole y le clavan mínimo 600 euros por pegarle a una abejita, con el argumento que son

animales de especial protección. Por eso era frecuente ver al mediodía en algunos restaurantes y cafeterías un peregrinaje de mesa en mesa de

comensales huyendo de los bichos.

A pesar de todo ya era una odisea tomar un simple bocata y cerveza al aire libre. Siempre había que estar de reojo si no se colaba un animalito de uniforme negro y amarillo en la jarra de la cerveza o entre el contenido del panecillo con la salchicha obligatoria. Un remedio casero fue bastante efectivo para espantarlas: póngase en un plato pequeño una cantidad de café molido, encienda una cerilla y deposítela encima del polvo de cafeína. Dentro de unos minutos empieza a echar humo y poco a poco empieza a quemarse el café y les aseguro que por unos momentos están ustedes liberados de la familia de la abeja Maya y de su amigo Willy.