Presuntamente


Aunque La Manada haya servido para que sepamos que no estamos solas, a las mujeres todavía nos falta mucho para estar de verdad acompañadas.

Esta semana conocíamos la detención de un portero de fútbol, un joven carballiñés que juega en el Zaragoza, por una presunta agresión sexual. Enseguida se asomó la presunción de inocencia. La reclamó, con todo el derecho del mundo, el propio denunciado, Álvaro Ratón. La defendió su club y la exigieron desde su entorno. Hasta ahí todo normal. Será inocente hasta que se demuestre lo contrario, claro.

Lo que me preocupa, lo que me hace pensar que La Manada es algo más profundo que una panda de innombrables, es que al mismo tiempo que se pedía la presunción de inocencia para el denunciado se le negaba -en bajito, pero se le negaba- a la denunciante. En comentarios que no se hacen en voz alta, pero que se hacen, la presunta culpabilidad señalaba a la mujer que contó a la Guardia Civil que un hombre, en un bar, intentó besarla y tocarla antes de empujarla como respuesta a su negativa.

Uso este caso como ejemplo no por el caso en sí, que veremos cómo acaba, sino porque resulta clarificador ver cómo ante una denuncia como esta, en ocasiones, hay casi más dedos señalando a la presunta víctima (ella igual lo provocó, ella querría...) que al presunto agresor. Y yo que creí que habíamos aprendido algo.

Yo quiero la presunción de inocencia para todos aquellos que son acusados de algo. Pero no quiero para las mujeres, porque sí, por el mero hecho de serlo, la presunción de culpabilidad. Ya era lo que nos faltaba por oír.

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