Setenta años con el corazón dividido

Rosa emigró a Argentina con 14 años y mantuvo sus raíces en el sur de América


la voz / ourense

No es una pose. Cada día, Rosa Gil González (Santa Mariña do Monte - Ourense, 1932) combina en un solo gesto sus dos corazones: el gallego y el argentino. El mate, la bebida más popular del país austral, lo degusta cocido en una taza que viajó en avión desde Galicia, como ella hace 71 años. «Me fui a la Argentina con mis padres y hermanos cuando tenía 14 años; el 6 de Junio de 1947 llegamos a Buenos Aires». Lo cuenta ahora con un trazo de dolor que parece haber permanecido en su rostro durante estas siete décadas: «Me costó muchísimo adaptarme al gran cambio que supuso dejar mi pequeña aldea para, en cierto modo, refugiarnos en un lugar extraño y desconocido. Sufrí porque añoraba a esa parte de mi familia que había quedado en España, nuestro idioma y nuestras costumbres, tan distintas a las de esa gran ciudad con la que nos encontramos».

Rosa ha incorporado al gallego, nunca olvidado, de Santa Mariña do Monte el inconfundible deje argentino y no renuncia a los refranes y canciones que aprendió en la infancia: «Viches o maio, víchelo ben? Se é que non o viches, velo aquí vén», entona en memoria de su padre para celebrar la llegada del mes de mayo.

En un salto vertiginoso a las primeras páginas del libro de su vida, Rosa hace presentes aquellos momentos de despegue en la capital argentina: «Mi familia se instaló en Lanús, una ciudad dentro del Gran Buenos Aires. Mi padre y mi hermano mayor consiguieron trabajo como mozos (camareros). A mí me emplearon en una casa de familia, en tanto mi mamá se desempeñaba como ama de casa; en ese momento esperaba su sexto hijo y yo tenía tres hermanos menores. Al cumplir los 15 años entré a trabajar en las Academias Paramount, donde aprendí el oficio de modista y permanecí hasta el momento en que me casé».

Ese fue, posiblemente, el gran paso, la zambullida definitiva en su segundo corazón: Argentina. «En el año 1950 ?cuenta- conocí al que sería mi esposo, mi gran compañero de vida por más de 61 años, Benito Díaz; luego de un noviazgo breve, nos casamos y nos fuimos a vivir a Río Gallegos, en el extremo sur de Argentina, en la provincia de Santa Cruz.

Fue una vida de mucho trabajo y sacrificio para construir nuestra casa y formar una familia. El clima era riguroso, pero estábamos juntos y éramos felices».

Benito colaboraba desde pequeño con su padre, oriundo de Laxe (A Coruña), en la pesca. También, desgrana Rosa, «trabajó muchos años en el Correo, hasta que se independizó y se dedicó a la explotación de materiales de cantera. Yo, por mi parte, siempre me dediqué a las actividades y quehaceres en el hogar y durante muchos años realicé trabajos de costura y tejido y daba clases de ambas actividades». En Río Gallegos, a un paso de mapa de las famosas islas Malvinas y del mítico glaciar Perito Moreno, nacieron sus dos hijos. Después llegarían seis nietos y doce bisnietos. La familia no les impidió mantener una activa vida social que siempre incluyó la relación con familias de origen gallego: «Junto a varios de ellos trabajamos arduamente en el centro gallego de nuestra ciudad con el fin de mantener vivas nuestras costumbres y tradiciones y poder trasmitirlas al resto de la comunidad. Realizábamos las típicas comidas gallegas, se organizaban bailes, talleres y eventos muy importantes que nos permitían, en cierto modo, sentirnos más cerca de nuestro terruño».

Con su marido visitó Galicia en tres ocasiones. «Muchas cosas perduran en mi vida: las comidas, la lengua y, sobre todo, los afectos ya que siempre mantuve el vínculo con la familia pese a las distancias», indica. «Por España siento morriña y por Argentina, el agradecimiento de haber tenido la oportunidad de comenzar una nueva vida y, sobre todas las cosas, porque me permitió conocer a quien sería mi compañero, mi amigo, mi marido, y fruto de esa relación logramos formar esta hermosa familia que hoy es mi orgullo».

Frío y viento, con un paisaje de indescriptible belleza

La provincia de Santa Cruz está en el extremo sur de La Patagonia. «Es la segunda en extensión, luego de Buenos Aires, y la última en densidad de población -describe Rosa con el apoyo de su hija May-. Su clima es riguroso ya que, generalmente, no distingue el cambio de las estaciones. Es una zona fría y ventosa la mayor parte del año, pero tiene paisajes de indescriptible belleza».

A 300 km de Río Gallegos -las distancias tienen allá otra escala- se encuentra el Parque Nacional Los Glaciares, que constituye una de las reservas de agua potable más importantes del mundo y presume del Perito Moreno, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1981.

«Es el único glaciar en el mundo que continúa creciendo y es visitado por muchísimos turistas del país y del extranjero, brindando un espectáculo increíble», resalta. A unos 450 km. de Río Gallegos, Rosa propone una visita a El Chaltén, un lugar soñado por montañistas de todo el mundo y declarado «Capital Nacional del Trekking», con múltiples atractivos y actividades: «paseos, cabalgatas, recorridas a pie sobre los glaciares, andinismo y montañismo, todo bajo la visión casi constante del Cerro Fitz Roy. Es un magnífico rincón de la naturaleza austral».

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