El hacedor de pan


No soy muy partidario de los juegos de palabras, pero permítanme que hoy me cobije al amparo de uno de ellos para decirles que todos los libros de Eurisaces eran, en mil sentidos, libros de Javier, de Javier González Lamelas, y que eso serán para siempre.

Jamás he conocido a nadie que amase tanto como él su oficio, que fue -no solo para el recuerdo, sino verdaderamente para la historia- el oficio de editor, un oficio creativo donde los haya.

Aunque las obras que nacieron bajo su sello fueron, naturalmente, obras impresas, uno tenía la sensación de que, de alguna misteriosa manera, todos y cada uno de los ejemplares que llegaban a las librerías habían salido, página a página, de sus manos. Creía en los libros como objetos hermosos, y ahí está su legado. «Ahora todos los libros de Eurisaces son reliquias», escuché decir hace poco, y nada hay más cierto. En verdad lo son. Y a mí me parece que todos cuantos participamos con él en ese proyecto suyo, que llevaba el nombre de un hacedor de pan, somos ahora un poco una familia.

(Una parte del legado de Javier también es eso.)

Me acuerdo de él todos los días.

Lo queríamos mucho, y así lo seguimos queriendo.

Aún me parece mentira que ahora habite lo que nosotros llamamos muerte.

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El hacedor de pan