La subversión de la tradición


Hace tiempo que alguna celebración carnavalera me huele a chamusquina. Concretamente la del jueves de comadres o, para ser más exactos, lo que hemos permitido que ocurra con la versión actualizada de esa fiesta que, según los estudiosos, tiene su origen en las calendas que los romanos celebraban en marzo. La esencia, el mensaje de la jornada es, en todas partes donde se celebra, la misma: un día de poder para las mujeres. En aquellos remotos años, el único día en el que ellas podían disfrutar de los mismos privilegios que ellos. Un día para el empoderamiento femenino. En el rural ourensano muchas abuelas pueden contar lo que significaba para ellas, aunque su único desafío a la autoridad masculina fuese embadurnar con harina o con ceniza de las lareiras, la cara de todo varón que se cruzase en su camino sin miedo ni a su reacción ni -casi peor- a la reprobación social por tal falta de compostura. Los tiempos, afortunadamente, han cambiado. La actividad es más lúdica: las mujeres salen sin compañía ni supervisión de varones -algo de reminiscencia de lo que socialmente estaba mal visto antaño, pero que hoy es cotidiano- para cenar juntas y divertirse. El problema es cómo se vende alguna de esas citas. Algo estaremos haciendo mal para que haya que establecer protocolos anti acoso y que algunas localidades se conviertan en destino de autobuses cargados mayoritariamente de varones y no de mujeres. ¿Somos el poder o somos el reclamo? Me hace pensar en esos carteles de discoteca que ofrece entrada y copas gratis a las chicas para atraer a la clientela masculina.

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