Mismo lugar, distintos sitios

Isaac Pedrouzo ESTO NO ES OREGÓN

OURENSE

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Llegué a la vida tarde. Llegué, por ejemplo, al sexo a una edad avanzada, el sexo cuando hay más de una persona en la habitación quiero decir, no sé en realidad si durante el tropiezo ella me besó o me mató, si tuvo piedad de mí o tan solo trazó una muesca más de esas que van de cinco en cinco en la pared sobre la cama. Justo donde el gotelé se había vuelto negro por las embestidas del cabecero entre fotos de Luke Perry.

Pero uno puede llegar tarde o llegar dos veces, en dos momentos distintos, en ambos casos el retrete es un buen lugar para escapar. Sucede a veces que el mismo sitio puede convertirse en sitios diferentes, o puede ser que la memoria sea una falsa aliada que traiciona con sus desbarajustes todas las imágenes, casi cambiando los sabores.

De niño solía jugar en la Alameda, un parque dividido en dos partes por una calle ensordecida por el tráfico de la hora punta. Jugaba allí, en la parte de arriba como solíamos decir, mientras esperaba que mis padres terminasen de vender falsas ilusiones de victoria en forma de cartones en la sala de bingo del Liceo. Corbatas, humo, copas y yo.

Justo al lado estaba mi edificio favorito: el Hotel Barcelona. Casi se podía sentir algo de nobleza al pasar cada dedo por los pasamanos dorados y desgastados de otro siglo, uno mejor supongo, al menos para el hotel. En aquel momento ya solo servía para maldormir la sexualidad o para que un señor cojo y con ojo de cristal te curase los fantasmas los lunes en una habitación alquilada, y otro señor trajeado, en la misma habitación, ahuyentase enfermedades con medicamentos experimentales los miércoles. En la parte de abajo los mayores jugaban a la llave -que solo se trataba de acertar con el tiro a un objetivo- justo al lado de los kioscos donde yo trataba de robar pequeños molinos de viento. El resto del tiempo lo perdía en mundos inventados dentro del viejo palco rojo donde nunca tocaba la orquesta. El bingo del Liceo cerró y al Barcelona lo asesinaron sin tacto ni compasión. Fin de aquel lugar.

Durante un tiempo la Alameda se convirtió para mí en un sitio de paso nocturno hacia los after, el Loops y el Rock Club, donde los kioscos pasaron a estar custodiados por unas señoras que me ofrecían amor a bajo precio al grito de «ven aquí Harry Potter, lo vas a pasar bien». En el palco rojo se escuchaba la pasión prematura y alcoholizada de parejas incapaces de llegar a casa con los pantalones abrochados. En el Hotel solo un cajero donde solía dormir ese alcohólico que escupe insultos devastadores en sueños cada vez que siente el frío del abrir de la puerta. Y en cada esquina un baño improvisado por las prisas, por las ganas.

Creo que ahora aquel parque de mi infancia ya solo sirve para esperar el autobús. Gente apiñada a ambos lados de la calle.

Llegué dos veces a la Alameda, en dos momentos diferentes, y comprobé como el mismo lugar puede ser sitios distintos.