Fumata


Esta semana La Voz publicaba una foto de A Limia echando humo. Y no es una forma de hablar. Realmente, en una clarificadora imagen tomada por Miguel Villar en la Lagoa de Antela, se podía comprobar como el subsuelo sigue en combustión. La humareda, además de recordarnos lo excepcional y sorprendente que puede ser la naturaleza, nos obliga a pensar en los incendios que afectaron a esta zona la primavera pasada. Cuenten los meses. El suelo arde por los componentes que tiene. Pero arde, sobre todo, porque ardió. Porque nos quemamos. De manera que, aunque llueva y ahora las llamas nos resulten lejanas, casi ajenas, ese humo nos recuerda, valga el juego de palabras, que no podemos olvidar. En realidad, nos haría falta una fumata similar en otras cuestiones de importancia, para tenerlas bien presentes. Porque será por la capacidad del ser humano de sobrevivir, de sobrevivirse, de tirar hacia adelante, que en muchas ocasiones olvidamos demasiado pronto los problemas que creíamos irresolubles, gravísimos, de solución inaplazable... Pero entonces se controlan las llamas -y no me estoy refiriendo solo a los incendios-, mandan a alguien a enfriar la tierra y ya no nos parecen tan difíciles de resolver, nos resultan menos preocupantes y nos parece que ya no hay prisa por buscarle remedio porque con el apaño, con la chapuza, es suficiente.

Nos pasará con la sequía. Y es probable que nos pase también con otros males de la sociedad como, por poner un ejemplo, los escándalos políticos (nunca pasa nada, solo el tiempo).

Así que a lo mejor necesitamos no que nos vendan humo pero sí disponer de él. Como una señal de alerta. Para tener pistas, aunque sean así de etéreas, para no olvidarnos de los grandes fuegos que nos han quemado, nos han consumido, nos han arrasado... aunque ahora veamos hojitas verdes en el suelo negro y quemado. A lo mejor necesitamos una señal de que, aunque las llamas estén apagas, por dentro aún ardemos.

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